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DEBI THOMAS: DE LA GLORIA OLÍMPICA A LA BANCARROTA

Lo tenía todo para ser una estrella del deporte. En los Juegos Olímpicos de Calgary 88 rivalizó con la mismísima Katerina Witt en lo que se denominó “la Batalla de las Carmen”, pues ambas patinadoras compitieron con la misma música en su programa libre: La “Carmen” de Bizet. Finalmente nuestra protagonista, que no es otra que la estadounidense Debi Thomas, se llevó “sólo” la medalla de bronce, revalidando -por primera vez en la historia del patinaje artístico femenino- el oro Witt y metiéndose en el cajón del medio del podio la local Elizabeth Manley. Thomas había fallado el aterrizaje de algunos de sus saltos. Junto a su entrenador habían planeado dos revolucionarios saltos triples consecutivos, pero no fue el día de Debi Thomas. Aun así, en su palmarés hay que destacar que se proclamó campeona mundial en 1986 y consiguió otras dos medallas en sendos mundiales los años sucesivos.

En su etapa de cirujana. Foto de Thad Russell

Debi Thomas fue en su momento toda una estrella. Para empezar, había roto una barrera al convertirse en la primera medallista olímpica de su país en Juegos de invierno siendo afroamericana. En 1986 recibió un premio como “Atleta del año”. Su fama estaba en todo lo alto durante esos años en torno a su participación olímpica con resultado de medalla. Fue, entre otras cosas, elegida por el entonces presidente George W. Bush como componente de la delegación de Estados Unidos en la ceremonia de inauguración de los Juegos de Turín de 2006. Pero eso no fue todo. Se destacó su mérito al compaginar la dura vida de un patinador de élite con toda una carrera universitaria médica, sacándose el título de cirujana especialista en huesos. Por algo Debi venía de una familia luchadora. De niña su madre no dudó en sacrificarse diariamente acompañándola 150 millas en coche hasta la pista de hielo donde la pequeña Debi entrenaba. Su abuelo fue la única persona de color de su clase en doctorarse en veterinaria en 1939; su madre era ingeniera informática; su hermano, físico y economista. Una familia ejemplar donde Debi no solo no desentonó, sino que sumó a su carrera profesional como médico su brillante carrera dentro del mundo de los deportes.

Pero este mundo idílico dio un espectacular giro de 180 grados años después de la retirada de Debi del patinaje. Durante un tiempo ejerció como cirujana, pero su  vida personal y financiera se derrumbaron. Vivió dos divorcios y una bancarrota al no tener los suficientes ingresos tras abrir una clínica ortopédica privada, la cual fracasó. Llegó la bancarrota, hasta el punto de vender sus pertenencias. Esa medalla olímpica de Calgary la posee ahora un banco. Hace pocos años se calculó que acumulaba ya unos 600.000 dólares en deudas. Por si fuera poco, Debi perdió su licencia como médico al no poder renovarla, así que ya no puede ni ejercer.

Su situación le ha llevado a vivir en una caravana con las pocas posesiones que le quedan. Ni tiene ubicadas el resto de sus medallas, perdidas “en alguna bolsa por ahí”. La prensa se hizo eco hace un tiempo de las condiciones en dicho trailer, “lleno de pulgas”, según titularon. Pero lo peor, aun con todo, no es eso. Su condición se agravó cuando fue diagnosticada con desorden bipolar. Vive con un nuevo compañero sentimental, al cual amenazó con un arma un día, para después ser llevada a un centro médico donde se le diagnosticó dicho trastorno. Resulta particularmente penoso ver cuán espectacular ha sido la caída de una persona capaz, inteligente, talentosa, con brillante recorrido deportivo hasta el punto de ser medallista olímpica y tener además una carrera universitaria como médico cirujano. Un triste ejemplo de olímpico al que una medalla no le ha resuelto la vida.

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