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VIKTORIIA ONOPRIIENKO: EJEMPLO DE RESILIENCIA EN TIEMPOS DE GUERRA

“A veces cierro mis ojos y deseo que la guerra haya acabado y, por tanto, que haya paz”. Son palabras de Viktoriia Onopriienko, gimnasta ucraniana de rítmica. Es difícil ponerse en la piel de esta joven deportista que en sus escasos años de vida ha tenido que soportar -y, por desgracia, ha de seguir haciéndolo- años de guerra con su padre y hermano (además de otros familiares, entre ellos, algunos fallecidos en combate) en el frente. Su hermano, Serhiy, murió finalmente en el frente en junio de 2022. Para Viktoriia su padre, que fue su entrenador, es su motivación, por el que ha estado compitiendo y ganando. Por él y por su país, que se encuentra en una situación penosa de resultas de la invasión rusa.

Onopriienko comenzó en el artístico deporte de la rítmica a los cuatro años, aunque antes llegó a probar otro también con tintes artísticos, como es el patinaje, pero Vika se decantó por la gimnasia. Viktoriia es otro ejemplo más de la cuidada escuela ucraniana de las Deriuginas pues entrena tanto con Irina como con su hija Ireesha. Lo hace en Kiev, donde en demasiadas ocasiones ella y sus compañeras tienen que parar el entrenamiento al sonar la alarma por ataque de misiles. En 2022, recién iniciada la guerra, tuvo que abandonar su país para trasladarse y entrenar en Italia ya que el lugar donde entrenaba había quedado reducido a escombros, pero acabó volviendo a la capital ucraniana, como el resto de la selección.

Foto de Patrizia Bernardi

La guerra afectó muy significativamente a esta gimnasta desde el punto de vista psicológico, pero si su padre se hallaba combatiendo en el frente ella tenía que hacerlo en el tapiz. No por ella, sino por su país y por sus combatientes. Onopriienko se convenció de que debía continuar y dedicarles todas sus actuaciones que, lejos de verse afectadas en sus resultados a causa de la situación anómala en la que vivía desde marzo del 22, ocurrió que Vika fue logrando resultados en forma de medalla. No importó que desde la invasión apenas tuviera horas de sueño -una media de entre tres y cuatro- ni que estuviera pendiente de recibir una llamada o mensaje de parte de su padre, su gran pilar en la vida, mensajes y llamadas que en ocasiones tardaban semanas en producirse. El estrés vivido, la continuas interrupciones a causa de las alarmas, asimismo, le produjo lesiones, pero había un gran objetivo que lograr ante ella: la clasificación olímpica para París 2024.

Onopriienko ya había sido olímpica en Tokio 2020, con apenas 17 años. Para entonces ya sabía lo que es saborear las mieles del podio en pruebas del Grand Prix. En Tokio era la participante más joven y llegó a la final del all around, acabando décima. Fue una forma de foguearse que, por lógica, habría de tener su continuidad, una vez adquirida más experiencia, en la siguiente cita olímpica. En ese ciclo olímpico Vika se subió a podios internacionales en numerosas ocasiones. Se iba acercando la temporada de clasificatorios para los Juegos hasta la celebración del Mundial del 23 en Valencia, donde finalmente conseguiría la ambicionada plaza olímpica. Rodeada de las principales figuras de su deporte, como Darja Varfolomeev, Sofia Raffaeli o las búlgaras Boryana Kaleyn y Stiliana Nikolova, Viktoriia se hizo con un billete olímpico además de ganar la medalla de bronce en la final de mazas. Lo hizo el Día de la Independencia de Ucrania, lo que supuso un extra motivacional para la joven gimnasta.

A la derecha, junto al conjunto ucraniano al conseguir sendas plazas para París 2024

Decimos que se hizo con un billete olímpico y decimos mal porque la plaza no era nominal, sino para el país, por lo que no tenía asegurada su participación en París. En efecto, finalmente Onopriienko no fue la gimnasta individual escogida para acudir a los Juegos, decisión no carente de polémica. Pese a que Onopriienko había superado a la finalmente elegida -Taisiia Onofriichuk- en algunas competiciones y que ésta contaba con apenas 16 años de edad sus últimos buenos resultados decantaron la decisión de Irina Deriugina, quien alegó que Viktoriia estaba lesionada, algo que ésta negó. Simplemente tenía una ligera lesión que le había hecho perderse algún entrenamiento, nada más. Ambas gimnastas contaron con gente que las apoyaba así como otros que preferían a su “rival”. Sea como fuere Onopriienko no pudo competir en sus segundos Juegos Olímpicos, los que iban a ser los de su madurez. Ella había estado representando la resiliencia del deporte ucraniano, su esperanza y su valentía. Todos esos sacrificios vividos desde marzo del 22, según sus palabras, la habían hecho más fuerte y más madura, aun reconociendo que entrenar en esas condiciones -con numerosas pausas para acudir a refugios cuando suena la alarma- es mucho más duro de los sacrificios que soportan sus colegas de otros países. La incertidumbre, la falta de noticias de sus familiares en el frente, son, en fin, aspectos que pueden minar el rendimiento de un deportista.

Pero es que la propia gimnasta corrió peligro de muerte en septiembre del 24. El día 23, para ser más concretos, un ataque ruso sobre Kiev le hizo temer por su vida. “Estaba preparada para decir adiós a la vida”, llegó a declarar. La gimnasta describió así su dramática experiencia: “La primera explosión me paralizó. En la segunda se te paralizan tus manos y piernas y sientes una extraña sensación. Te bate el corazón muy rápido y tu mente se queda en blanco. Y llega la parte más aterradora: de repente empiezas a decir adiós a la vida. Te acuerdas de todos los tuyos, las personas a las que quieres y te viene a la mente un pensamiento: ‘¿Es esto real? ¿Podría morir en este mismo instante?’. Y entonces escuchas otra explosión y te das cuenta de que no es una pesadilla y que lo estás viviendo”. Ningún deportista de élite y, por descontado, ninguna persona en general debería pasar por lo que está pasando Viktoriia Onopriienko.

Foto de Patrizia Bernardi

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