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MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 98: EL VENCEDOR DE LA MARATÓN DE BERLÍN 36 COMPITIÓ POR JAPÓN SIENDO COREANO

La historia ofrece casos de invasiones territoriales de un país a otro. El deporte -y los Juegos Olímpicos- se han visto salpicados directamente por ello como en el caso del podio de la maratón olímpica de los Juegos de Berlín 36. En ese podio el cajón superior y el correspondiente al tercer puesto lo ocuparon dos coreanos que, muy a su pesar, compitieron defendiendo los colores de Japón, país que tenía invadida su nación desde 1910 y hasta 1945. Esta es su historia.

El campeón, Sohn Kee-chung tuvo que correr con su nombre cambiado a la pronunciación japonesa, siendo inscrito como Son Kitei. Lo mismo le pasó a su compatriota y tercer clasificado Nam Sung-yong. Ambos habían nacido en territorio de la península coreana cuando ésta estaba ocupada por los japoneses y oficialmente compitieron como tales, aunque nunca se sintieran así. Para el Comité Olímpico Internacional esas medallas fueron y seguirán siendo de Japón y ni siquiera, con el paso de los años, ha accedido a cambiar sus nombres, pese a las peticiones oficiales de autoridades surcoreanas una vez realizada la independencia de su nación respecto al país del Sol naciente.

Su caso es aún más peculiar por las circunstancias que le rodearon. Veamos cuáles fueron: Durante la ceremonia de premiación naturalmente sonó el himno de Japón. Sohn Kee-chung y su compañero medallista de bronce “pasaron el mal trago” con la cabeza gacha. No lo hacían como símbolo de respeto, sino para no ver la bandera. Posteriormente, al hablar con periodistas de distintos países Sohn dejó claro que él era coreano y así se sentía y de ninguna manera japonés. Los intérpretes japoneses se negaron a traducir esa afirmación categórica. Más consecuencias: Un periódico local coreano publicó su foto realizando un “primitivo photoshop” (aún inexistente) rascando la bandera japonesa de su camiseta. Por osar a realizar este acto el diario tuvo que pagar muy caro: nueve meses de clausura, así como detención y tortura de ocho periodistas de su plantilla.

El “montaje” del diario coreano

No quedó ahí la cosa: como ganador de la prueba de la maratón estaba previsto que la organización de los Juegos le regalara un casco corintio del siglo VIII a.C. que había sido encontrado en una excavación en Olimpia y que fue donado por un periódico griego. Su simbolismo se hallaba en que se pensó que había sido ofrecido a los dioses en agradecimiento de una victoria en unos antiguos Juegos Olímpicos. Pero Sohn Kee-chung no llegó a recibirlo ya que el COI era de la opinión de que semejante regalo violaba la por entonces vigente reglamentación amateur de todo deportista olímpico. ¿Qué ocurrió con el valioso casco? Una auténtica odisea, pues se quedó durante medio siglo en el Museo Charlottenburg-Wolmersdorf de Berlín para pasar por fin, pasados tantos años, a posesión de su legítimo dueño, el campeón olímpico. Eso no ocurrió hasta 1986. En esa ocasión de nuevo un periódico griego realizó una intermediación con el museo para que volara hasta Corea. Al año siguiente fue declarado “tesoro nacional de Corea del Sur” y el corredor lo donó al Museo Nacional de Corea porque, como declaró: “Este casco pertenece a toda la gente de mi país”. Y hubo una última consecuencia final nada desdeñable: El gesto del campeón en el podio acabó con su carrera como corredor hasta la misma independencia de su país, ocurrida casi diez años más tarde. Las autoridades niponas le prohibieron (también a Nam, por la misma razón) competir en más pruebas internacionales, probablemente temerosos que se repitiera ese gesto despreciativo hacia la bandera de Japón. Sohn declaró que el momento del podio olímpico “fue una tortura insoportable” ya que “yo no había corrido para Japón, sino para mí mismo y para mi gente oprimida en Corea”.

Como portador de la antorcha olímpica en la inauguración de Seúl 88

En los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 pudo volver a competir, ya defendiendo los colores coreanos. Es más, fue el abanderado de lo que supuso la primera delegación de Corea del Sur en unos Juegos Olímpicos. Su relación con el olimpismo continuó de varias maneras. Por una parte introduciendo la llama olímpica en el estadio de Seúl en los Juegos de 1988 y, por otra, siendo el entrenador de maratonetas coreanos que llegaron a tener éxitos, uno de tal calibre como ganar el oro (su pupilo Hwang Young-cho) en los Juegos de Barcelona 92 pudiendo por fin escuchar el himno de su país.

Tuvieron que pasar cinco décadas desde su triunfo en Berlín para que en parte se le hiciera justicia fuera de Corea. Fue en 1986 cuando se inauguró un monumento en California dedicado a ganadores olímpicos de la prueba de maratón y, por primera vez, se grabó su nombre real y no el de Son Kitei. Sin embargo, en una placa cercana al estadio olímpico de Berlín sigue escrito, pese a las protestas oficiales de las autoridades coreanas, su nombre “japonés”. Finalmente, el 9 de diciembre de 2011 el COI reconoció la nacionalidad coreana de Sohn pero se negó a cambiar tanto su nacionalidad como el nombre con el que fue inscrito como ganador olímpico en los registros oficiales. Está aún por llegar, pues, su reconocimiento definitivo oficial. Por cierto, un dato final: nuestro protagonista resultó ser el primer medallista de oro olímpico de un deportista coreano.

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