Momentos Olímpicos Mágicos

MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 75: LA FINAL MÁS EMOCIONANTE DEL VOLEY FEMENINO OLÍMPICO Y EL LOGRO DEPORTIVO MÁS GRANDE PARA PERÚ

29 de septiembre de 1988. Se juega en Seúl el séptimo torneo femenino de voleibol. Participan, además del país anfitrión, el vigente campeón olímpico -China-, el campeón mundial (en realidad el subcampeón, Cuba, ya que el campeón era también China), los campeones continentales y dos países más que entran “de tapadillo”: Brasil, sustituyendo a Cuba, que boicotea los Juegos, y la Unión Soviética, que entra al ganar un torneo preolímpico que se celebra al renunciar África a presentar algún equipo. La URSS, que había llegado a Seúl 88 sin realmente merecerlo, avanza en el torneo hasta llegar a la final. En ella se encuentra con Perú, las máximas favoritas. Y es que el voleibol femenino se había convertido en El deporte por antonomasia practicado por las mujeres peruanas, sobre todo en los barrios pobres de Lima. Mientras los chicos preferían jugar al fútbol, las niñas lo hacían al voley, al crearse canchas. Ya Perú había albergado un Mundial en 1982, donde se proclamó subcampeona. La selección femenina se lo tomaba muy en serio. Tras haber contado con un entrenador japonés habían contratado al coreano Park Man-Bok, el cual estaba con la selección peruana desde 1973 y del que aprendieron un estilo asiático que las hacía veloces, algo de lo que eran incapaces otros equipos más altos.

Era una época dura para el país sudamericano en general, atacado por el terrorismo y la pobreza. Cualquier triunfo deportivo sería celebrado con especial entusiasmo. Los partidos de voley femenino, que tantas victorias aportaban, tenían un efecto particularmente apreciado por los seguidores, tan ávidos y necesitados de alegrías. Sus partidos eran tan seguidos que, al conectarse todo el mundo a la televisión para verlos (incluso en la madrugada peruana, como en el caso de los Juegos de Seúl), se producían cortes de luz. Las jugadoras peruanas eran las más bajas del torneo, pero también las más hábiles. Inesperadamente, pese a su escasa altura, lideraron la estadística de bloqueos durante los Juegos, realizando un total de 1.057. Las siguientes -las alemanas del Este- estaban con casi 200 menos, exactamente 877.

Foto de FPV

La clave del equipo peruano era precisamente su espíritu de equipo. Eran decididamente una piña. También dominaban la técnica y eran muy completas, sabiendo hacer todas de todo. Además, el trabajo pagó, ya que entrenaban la friolera de 16 horas diarias. El último aspecto que convertía a las jugadoras peruanas en vencedoras era su ambición e interés en querer salir de la pobreza. El deporte las ayudaba en eso. Por poner un ejemplo, una de sus componentes -Cecilia Tait- era huérfana, pero fue adoptada a la edad de 12 años por un club de voleibol.

Como tal equipo unido y completo que era ganaron en buena lógica los dos primeros sets de la final olímpica. El problema para las sudamericanas era que sus seis titulares se cansaron y tuvieron que rotar, mientras que las soviéticas contaban con doce jugadoras de gran nivel. Los cambios en el equipo europeo no se notaban, al contrario de lo que les pasaba a sus rivales. Las soviéticas igualaron el marcador, ganando los dos siguientes sets. Perú no se había planteado un partido así y comenzó a errar. El excesivo respeto a sus rivales posiblemente las incapacitó para reaccionar a tiempo, pero el quinto y definitivo set tenía que ver una reacción peruana sí o sí si querían obtener el ansiado oro olímpico. La reacción se produjo y Perú se colocó con un contundente 12-6 arriba (para ganar hay que llegar a 15 puntos, con dos de ventaja). Fue un espejismo. La URSS despertó y esta vez la remontada vino por su parte, finalizando el partido en 17-15 a favor de las europeas.

Se dice que su entrenador -Nikolai Karpol- influyó en esa remontada gritando amenazas contra sus jugadoras cuando éstas perdían puntos. Si esa táctica influyó en sus pupilas o si se debió a un exceso de confianza en las peruanas al llevar tanta ventaja en el último set o si fue una combinación de ambos y más factores nunca se sabrá. Lo que sí se vio fueron nervios en el equipo americano. Tampoco se sabrá, asimismo, si influyó en la derrota peruana el hecho de que Denisse Fajardo, titular indiscutible, dejó de serlo en la final. La medalla de plata le causaría rabia, impotente por no haber podido participar en el juego de su equipo más minutos y, quién sabe, haber cambiado el signo del partido. Otra jugadora que quedó marcada para siempre con un peso en su cabeza fue Gina Torrealva, a la que le tocó fallar en el último punto que dio la victoria a las soviéticas, al estrellar el balón contra el bloqueo rival.

El recibimiento en Perú. Foro de El Comercio

Perú había ganado la medalla de plata, lo que suponía el mayor logro deportivo del país en los últimos 50 años, pero a su vez había perdido el oro. En el podio todo fueron caras serias y llantos por parte de sus jugadoras. Daba igual que a su jugadora Cecilia Tait la nombraran la mejor del torneo olímpico. Ese momento del podio en Seúl supuso, a la larga, el punto culminante del voley femenino peruano y también el principio del fin. El fin de una época dorada que había durado dos décadas. A partir de entonces el voleibol peruano fue en caída. Pero antes de eso quedaba el recibimiento como auténticas heroínas de vuelta a su país. Incluso se las aclamó en el Estadio Nacional, hasta donde llegaron. Y de él salieron en coches de la Policía porque de otra forma era imposible. Después, la vida de sus componentes cambió. El éxito deportivo las empoderó. Por ejemplo, tres jugadoras (la citada Cecilia Tait, Cenaida Uribe y Gaby Pérez) llegaron a ser parlamentarias. La popularidad de las componentes de este equipo pervive pasadas varias décadas. Natalia Málaga, una de ellas, tiene más de 600.000 seguidores en su página de Facebook y ha salido en un vídeo de Carlos Vives, por citar un ejemplo.

Se dice que las jugadoras de la selección peruana nunca más abrieron las cajas que contienen sus medallas olímpicas. Dejaron escapar una oportunidad única, justamente lo contrario de lo que les sucedió a las finalmente vencedoras, que aprovecharon al máximo la ocasión de ser llamadas a participar en unos Juegos Olímpicos en los que, en principio, no tendría que haber estado. Ambos equipos deleitaron al público con una final dignísima y quizá la más emocionante jamás jugada en unos Juegos Olímpicos.

 

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