Heroínas olímpicas

LOS ÁNGELES 84: LAS MUJERES LOGRAN LA IGUALDAD CON LA CELEBRACIÓN DEL PRIMER MARATÓN FEMENINO OLÍMPICO

Tuvo que pasar casi una centuria para que las mujeres pudieran correr por fin la prueba de más distancia en unos Juegos Olímpicos (si exceptuamos los 50km de la marcha): la maratón. Hasta la edición de Los Ángeles 84 no se les permitió a las atletas disputar la mítica distancia en una edición olímpica, pero antes de que pudieran hacerlo las Rosa Mota, Joan Benoit, Grete Waitz y compañía otras muchas corredoras allanaron un camino lleno de obstáculos y que se remonta a la griega Stamata Revithi. Esta humilde helena se empeñó en correr la maratón de los primeros Juegos Olímpicos de la historia, celebrados en Atenas en 1896. Lo tuvo que hacer de forma clandestina y sin ser reconocida oficialmente. La historia de su hazaña se pierde en la leyenda al no contar con documentos escritos que autentifiquen su maratón en paralelo al oficial, pero todos los relatos apuntan a que esta pionera completó la carrera, aun sin ser reconocida. Ella fue posiblemente la primera, pero por desgracia no la última en tener que correr de forma quasi furtiva.

Después de la pionera griega otras mujeres con su misma determinación tuvieron que realizar su contribución, una tras otra, haciendo acciones que, sumadas en total, darían como resultado la “aceptación” de la mujer en carreras de fondo. Decimos aceptación entre comillas porque durante años ciertos “expertos” (a los que también hay que entrecomillar) pusieron muy en duda la conveniencia de “permitir” a las mujeres correr grandes distancias. Ya en el siglo XX la normativa olímpica cambió a raíz de la retirada de varias atletas en la prueba de los 800 metros en los Juegos de Ámsterdam de 1928. Este hecho, posiblemente causado por una falta de entrenamiento, provocó una polémica que se zanjaría radicalmente: las mujeres no podrían correr distancias superiores a los 200 metros alegando bizarras razones de salud que impedirían “a una mujer que corriera largas distancias poder quedarse embarazada”. Peregrinas y totalmente acientíficas explicaciones.

En contra de la opinión de algunos hombres y, lo que es peor, de los hombres de los cuales dependían las instituciones deportivas, siguieron surgiendo mujeres que se negaban a aceptar la prohibición. Así, la británica Violet Piercy se atreve a correr el maratón que unía las localidades de Windsor y Londres en 1926. Tuvieron que pasar demasiados años hasta que el maratón femenino cobrara cierto impulso y lo hizo gracias a unas pocas valientes que impusieron su deseo de correr la maratón al miedo a ser pilladas por hacerlo, literalmente, ilegalmente. Fueron en concreto dos las principales figuras que sirven de referencia a este respecto y en ambos casos en el prestigioso maratón de Boston. Tenemos que adelantarnos varias décadas hasta llegar a 1967. Ese año Kathrine Switzer decidió inscribirse no con su nombre, sino con las iniciales KV. Una vez ya en carrera, habiendo conseguido el dorsal, un comisario intentó detenerla al darse cuenta de que una mujer estaba disputando el maratón. La foto del incidente dio la vuelta al mundo. El aspecto positivo fue que Kathrine fue defendida por otros corredores. La otra protagonista que en realidad precedió por poco a Switzer fue Bobbi Gibb. Corrió el maratón de Boston en las ediciones de 1966, 67 y 68. En su primera ocasión corriéndolo, Gibb había llegado a la ciudad de Massachusetts después de una travesía por todo Estados Unidos que le llevó cuatro días y tres noches viajando en autobús. Al solicitar un dorsal se le denegó con la siguiente nota: “Las mujeres son incapaces de correr un maratón”. Optó por camuflarse como un hombre, tapándose con una capucha y salió a correr sin dorsal. Cuando la gente se dio cuenta de que era una mujer fue animada por público y corredores. Gibb había conseguido remover los cimientos de toda una carrera tradicional.

La mítica instantánea cuando un comisario intenta expulsar a Kathrine Switzer de la maratón de Boston. Foto de AP

Sin duda los pasos dados por Gibb y Switzer influyeron en la creación del primer campeonato de maratón para mujeres, ocurrido en Estados Unidos en 1970 propiciado por el Road Runners Club. Dos años más tarde, el maratón de Boston aceptó oficialmente a mujeres y a éste le siguieron otros de los grandes. Se tuvieron que celebrar antes campeonatos continentales y mundiales antes de que el COI aceptara finalmente a las mujeres en un maratón olímpico, que fue el ya mencionado de Los Ángeles 84. Pocos años antes, en 1980, el Colegio Americano de Medicina Deportiva había publicado un comunicado que negaba la existencia de pruebas científica que demostraran que las carreras de larga distancia perjudicaran la salud de las mujeres, argumento que favoreció su inclusión en el calendario olímpico.

Y la primera vez que las mujeres corrieron una maratón olímpica no decepcionó a nadie, produciendo -entre otras cosas- algunas de las imágenes más imborrables de esos Juegos. De entre las 50 participantes a priori las grandes favoritas eran una estadounidense y varias europeas: por el viejo continente la portuguesa Rosa Mota era dura y resistente y corría sabiéndose la campeona de Europa; la noruega Ingrid Kristiansen había sido olímpica en esquí la década anterior y había vencido en el prestigioso maratón de Londres. Ese dato la convertía ipso facto en aspirante a una medalla. Su compatriota Grete Waitz también había sido olímpica, en carreras de media distancia (1.500m); también era la campeona mundial de campo a través y, lo que era más significativo, había ganado el maratón de Nueva York. Finalmente, la local Joan Benoit era otra de las máximas aspirantes al oro y eso que las lesiones se habían cebado con ella, pero consiguió vencer, sin ir más lejos, en Boston.

La carrera fue dinamitada muy pronto precisamente por la atleta local, Joan Benoit, que se puso en cabeza en el kilómetro 4 aumentando la distancia sobre sus perseguidoras según avanzaba la carrera, disputada en un caluroso 5 de agosto. Benoit entraría en solitario en el Coliseum, seguida de la noruega Waitz, de la que los expertos habían pensado habría alcanzado en toda lógica a Benoit. Pero el ataque tempranero de la atleta local llegaría a buen puerto. Todo apuntaba que dos noruegas iban a subir al podio, dado que Kristiansen marchaba tercera, pero la lusa Mota la superó en la fase final de la carrera. Los primeros puestos, pues, iban a ser ocupados por prestigiosas corredoras que hacían honor al primer podio olímpico femenino de la carrera de mayor distancia. Sin embargo, otras protagonistas iban a ser recordadas por su participación en este debut olímpico de la maratón femenina. Por una parte la hondureña Díaz de Cano iba perdiendo mucho tiempo respecto a la cabeza, tanto que, alejada en más de dos kilómetros del pelotón, unos guardias la obligaron a retirarse -ante su férrea oposición-, para que no obstaculizara una sola corredora el tráfico rodado.

Más conocido fue el caso de la suiza Gabriela Andersen-Scheiss. Llegó tan exhausta al estadio que tardó más de seis minutos en recorrer los últimos 200 metros. Lo hizo claramente afectada en su dubitativo andar -incluso zigzagueante- por el calor, la deshidratación y la humedad. El estadio entero siguió con el corazón en un puño esos larguísimos últimos metros, ya sobre el tartán. Nadie podía ayudarla si no quería ser descalificada. La suiza consiguió, a su pesar, llamar la atención de todos los espectadores, los que estaban en el estadio y los millones que seguían la transmisión televisiva. Se convirtió enseguida en una de las imágenes más impactantes de los Juegos de Los Ángeles 84. La imagen de su esfuerzo es aún recordada convirtiéndose en una de las más imborrables de todas las ediciones olímpicas, ejemplo del esfuerzo que se espera en todos los participantes. A partir de Los Ángeles 84 la introducción de la mujer en la maratón, como en tantas otras pruebas, ya era imparable y no se daría marcha atrás. La prueba de los Juegos del 84 había demostrado que los prejuicios habían sido superados ofreciendo al público toda una muestra de esfuerzo y coraje. Los actos en cierta manera temerarios de las Revithi, Gibb, Switzer, etc. dieron sus frutos hasta lograr la plena equiparación e igualdad entre hombres y mujeres. Al menos en cuanto a la maratón se refiere.

Joan Benoit venciendo el primer maratón femenino olímpico. Foto de Duomo/CORBIS

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