Heroínas olímpicas

BONNIE BLAIR: LA SUPERCLASE QUE ARRASTRABA PASIONES

El destino de Bonnie Blair parece estar marcado desde su mismo nacimiento, cuando fue anunciado por la megafonía de la pista de hielo en la que su padre y sus hermanos estaban entrenando. Su familia, como vemos, era una entusiasta del patinaje de velocidad e incluso ya su abuela Cathy Priestner había competido en este deporte por Canadá, aunque Bonnie nació en Nueva York. A los dos años la pequeña Bonnie ya patinaba y a los cuatro lo hizo en su primera competición. A los 15 Bonnie ya pasó a formar parte del equipo estadounidense de patinaje de velocidad, deporte para el que parecía estar dotada por naturaleza.

Su escasa estatura (1.65), sin embargo, parecía limitarla. En un principio usó como recurso para paliarla zapatos dentro de los patines, pues de niña era tan pequeña que no existían patines de competición de su tamaño. Bonnie era una deportista nata, que practicaba también varias modalidades del atletismo, así como la gimnasia. Como decimos, Bonnie apuntaba maneras desde bien temprano, lo que la hicieron ser una candidata segura para acudir a los Juegos Olímpicos de Sarajevo 84. Se había clasificado obteniendo la plaza pero el problema era la falta de recursos económicos de su familia para que Bonnie pudiera competir fuera de los Estados Unidos. El problema se resolvió gracias a una muestra de solidaridad vecinal: la popularidad y espíritu positivo de Bonnie facilitaron la simpatía hacia su causa, de tal manera que el departamento de Policía local logró recaudar 7.000 dólares para que pudiera cumplir su sueño olímpico. La patinadora no pudo compensar el esfuerzo de sus convecinos con una medalla, pues su mejor resultado en la ciudad bosnia fue un quinto en la carrera de los 500 metros, pero lo mejor estaba por llegar.

Los años posteriores vieron un ascenso de Blair tanto en sus resultados en el patinaje de velocidad como en short-track, donde llegó a ser campeona mundial en 1986. Entretanto, se fortalecía como una de las mejores de su país en patinaje de velocidad y también a nivel internacional. Así, llegó la siguiente cita olímpica en Calgary. Bonnie Blair ya era una de las mejores -si no la mejor- en las distancias de 500, 1.000 y 1.500m. Más adecuada para la corta distancia, la neoyorquina ganó el oro en los 500m y el bronce en los 1.000. Para entonces su grupo familiar de animadores, denominado la “Tribu de Blair” se había agrandado considerablemente respecto al que le acompañó para apoyarla desde la grada en Sarajevo 84. Ataviados todos iguales, llamaban la atención con sus sonoros gritos de apoyo.

Finalizados los Juegos de Calgary Bonnie también se atrevió con una nueva especialidad deportiva: el ciclismo en pista que, de hecho, formaba ya parte de su preparación para el patinaje de velocidad. Llegamos a los Juegos de Albertville 92. Los comenzó de excelente forma, repitiendo el oro en los 500m y convirtiéndose así en la primera mujer que repetía triunfo. Bonnie dedicó su medalla a su padre, fallecido dos años antes y que había sido su introductor en el deporte que tantas alegrías le estaba dando. La Tribu de Blair en las gradas, por cierto, seguía creciendo y animando como locos a Bonnie, siempre uniformados, eso sí. Blair también ganó el oro en la prueba de los 1.000 metros pero entre medias realizó un decepcionante 21er puesto en la de los 1.500 que tiene una explicación: su entrenador convino en darle una señal si la veía sin posibilidades de subir al podio para que ahorrara energías y esfuerzo para la siguiente carrera de los 1.000m. Finalizados los Juegos de Alebertville Blair podía presumir de ser la mujer estadounidense con más medallas en unos Juegos Olímpicos de invierno.

La popularidad que no había llegado a alcanzar tras los Juegos de Calgary -pese a sus éxitos- la obtuvo tras la cita de 1992. Entonces no solo sus medallas, sino también su personalidad arrolladora, captaron la atención de los fans de su país. También contribuyó a su aparición en los medios el increíblemente gran grupo de familiares que la apoyaban uniformados, que ya ascendía a 60. Convertida en una estrella mediática, Bonnie Blair afrontó sólo dos años más tarde sus terceros Juegos, los de Lillehammer 94. En ellos se hizo con el oro tanto en los 500 como en los 1.000m, incluso consiguiendo en esta última carrera el mayor margen de diferencia con la segunda clasificada de la historia (1.38 segundos).

Un mes más tarde continuó compitiendo a lo grande, batiendo el récord mundial -uno más en su carrera- de los 500m siendo la primera patinadora que bajaba de 39 segundos, récord que volvió a batir al año siguiente. En 1995 el Mundial tendría lugar en su ciudad. La Tribu de Blair que la animaba componía el 12% del público presente en la grada. Les ofreció a ellos y a sus conciudadanos la victoria en los 500m y luego se retiró. Antes de hacerlo estableció un récord nacional en su última carrera, que sería en la distancia de los 1.000m

Tras su retirada Bonnie Blair ha estado vinculada al deporte y a los Juegos Olímpicos. Sin ir más lejos fue una de las últimas relevistas de la antorcha olímpica en la entrada al estadio durante los Juegos de Salt Lake City en 2002 e incluso llegó a realizar un relevo encendiendo un pebetero con la llama olímpica en la pista de hielo de su ciudad de acogida, Milwaukee. Ha sido directiva de la federación de su país, miembro de la delegación de Estados Unidos en los Juegos de Sochi, da charlas motivacionales en las que usa su experiencia deportiva y es una de las personas a cargo de la pista de hielo del Pettit National Ice Centre de Milwaukee y, finalmente, comenta competiciones para el canal televisivo de la ABC. Incluso sin esos cargos y obligaciones no podría estar lejos del deporte, puesto que su hija es patinadora de velocidad de élite y su hijo juega al hockey hielo en la universidad de Colorado. Una pequeña anécdota olímpica de Bonnie Blair: guarda sus medallas olímpicas en una mesa de cristal con la forma de los aros olímpicos sobre el que sus hijos han estado desayunando durante años y años.

Foto de Wayne Scarberry/GNS HWS

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