Entrevistas

KURT BROWNING: “TENÍA QUE HABER GANADO EN LOS JUEGOS DE ALBERTVILLE 92, PERO ME LESIONÉ EN LA ESPALDA”

Desprende una simpatía que se contagia enseguida. Le entrevistamos en exclusiva para Rincón Olímpico tras un largo ensayo (“Tengo que entrenar mucho, que ya tengo 52 años”) para una exhibición de patinaje, deporte que, aunque evidentemente ha abandonado a nivel competitivo, sigue en su cabeza, sus piernas y, sobre todo, en su corazón. Incluso hemos tenido ocasión de verle actuar junto a sus pequeños hijos, que ya son capaces de componer junto a él un divertido a la vez que emotivo número sobre el hielo. Es Kurt Browning, un canadiense cuatro veces campeón mundial (“Ni yo mismo entiendo aún cómo pude ganar tantos campeonatos mundiales”, bromea) y tres veces olímpico, aunque nunca consiguió subirse al podio del campeonato de mayor prestigio.

Kurt nos confesó que sus tres Juegos fueron “tres aventuras. Tres aventuras diferentes”. Le tocó en suerte, aún muy joven, debutar en su propio país, en los Juegos de Calgary 88: “En Calgary 88 era joven, estaba sano y fue una experiencia estupenda. Muy divertida”. El panorama dio un giro de 180º en su segunda experiencia olímpica, en los Juegos de Albertville 92. Para entonces ya se había proclamado campeón mundial en tres ocasiones siendo por ello el máximo favorito para ganar el oro disputado en la localidad francesa. Pero todo se torció seis semanas antes del inicio de los Juegos: “Como vigente campeón mundial era el favorito, pero me rompí el disco. No podía hacer nada, ni darle a los pedales para conducir. Fue horrible. Tenía dolores tremendos y un gran miedo de hacer un papel desastroso, porque además no había entrenado durante semanas. Mi familia también lo pasó mal”. Las cosas, dadas las circunstancias, salieron como era lógico que salieran. Aunque mejoró su puesto de Calgary (pasó de un 8º a un 6º puesto) era imposible aspirar a más.

Foto de Corbis/VCG via Getty Images/Getty Images

El año siguiente volvió a proclamarse campeón mundial y justo después decidió retirarse. Fue entonces, pasados los meses de verano, cuando su agente le convenció de que debería volver “al tener una cuenta pendiente con los Juegos Olímpicos. Me dijo que esos aros olímpicos representaban algo que debería conquistar, que no podía acabar mi carrera sin intentar de nuevo el asalto al oro olímpico [después de haber conseguido proclamarse cuatro veces campeón del mundo]”. Y, así, lo tenemos de vuelta en la arena olímpica. En Lillehammer, sin embargo, no se desquitó de lo ocurrido en el pasado, dejando unas cuentas pendientes que quedarían en el aire: “En Lillehammer mi fallo fue que cometí un error en un salto en los cinco minutos de calentamiento y ese fallo se quedó en mi cabeza, repitiéndolo después en competición. Psicológicamente me influyó sin duda”. No obstante, aún vio superar su mejor registro, finalizando en una quinta posición: “Mi mejor amigo suele bromear diciendo que si seguía la progresión me tocaba ser campeón olímpico para los Juegos de 2010 (risas)”.

Es indudable que Browning sigue teniendo pendiente esa espinita. “Se suponía que tenía que haber ganado en alguna ocasión en los Juegos Olímpicos”. Aun así, no cambiaría un oro mundial por una medalla olímpica: “Lo fácil sería decir que sí lo cambiaría, pero no me puedo librar de mis recuerdos de cada Mundial conseguido. No puedo cambiarlo por algo que no he vivido nunca”. Browing nos confiesa que más que una medalla para sí mismo, su “mayor lamento es no haber podido conseguir una medalla para Canadá” y añade sobre los Juegos Olímpicos: “son especiales. Al disputarse cada cuatro años requiere que estés en el momento justo en la forma adecuada, algo que no me pasó a mí. Pero me siento afortunado con mi carrera. Tuve más de lo que nunca quise o soñé”.

Kurt Browning también es conocido por haber pasado a los anales del patinaje por ser la primera persona en realizar en competición un salto cuádruple. Su humildad quita importancia al hito: “He tenido la suerte de haber sido el primero en hacerlo en competición, pero ya en mi época varios chicos eran capaces de realizarlo. Además, en toda mi carrera profesional sólo realicé un total de cuatro saltos cuádruples en competición”. También es conocido por realizar múltiples coreografías a numerosos grandes patinadores, de la talla de Brian Joubert, Patrick Chan, Yuzuru Hanyu, Carolina Kostner o Javier Fernández, aunque se resiste a decirnos cuál ha sido el patinador con el que más le ha gustado trabajar: “Mi único requisito para realizar una coreografía es que el patinador quiera divertirse”. Eso explica que él haya sido el creador, por ejemplo, del memorable programa de exhibición “Superjavi” que éste se ve obligado a mostrar una y otra vez, para deleite del público. Un programa lleno de humor que refleja la propia personalidad de Browning: “Cada vez que lo interpreta Javi lo siento como propio”. Aunque confiesa que disfruta más creando coreos para él mismo, le apasiona poder ir cogiendo lo mejor de cada patinador, con características diferentes cada uno, en cada montaje.

Kurt Browning no conseguiría ninguna medalla olímpica, pero sí un honor que pocos deportistas tienen: fue abanderado en los Juegos de Lillehammer: “Me lo propusieron ya para los de Albertville, pero como yo estaba tan afectado de la espalda lo rechacé porque no me parecía bien estando así. Fue un detalle que me guardaran la invitación para la siguiente ocasión, algo que no me esperaba”. Aunque confiesa que el ser abanderado, además de constituir su mejor recuerdo olímpico, fue “más grande de lo que nunca imaginé y soñé” supone, por otra parte, algo triste “porque que ese sea mi mejor momento olímpico implica que nunca gané una medalla”. Pasamos mejor a un recuerdo olímpico divertido, y desde luego que lo fue la anécdota que vivió justo al acabar la ceremonia de clausura de los Juegos de Albertville: “Estábamos juntos todos los canadienses, saliendo del estadio tristes porque eso se acababa ya. Íbamos por un camino con un montón de nieve y, de repente, descubrimos que semienterradas en la nieve había centenares de latas de una cerveza canadiense –sospecho que obsequio de un patrocinador-. Nos dijimos “¡Guao!” y nos pusimos a cogerlas…para dejarlas luego de nuevo escondidas en la nieve, tras beberlas. La fiesta duró unas tres horas”.

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