Heroínas olímpicas

LA ODISEA DE LA SIRIA YUSRA MARDINI, COMPONENTE DEL EQUIPO DE REFUGIADOS OLÍMPICOS EN RÍO 2016, HUYENDO DE LA GUERRA A NADO EN EL MEDITERRÁNEO Parte I

En Historias de los Juegos nos gusta destacar el lado humano de los deportistas olímpicos, pero en el caso de la protagonista de esta historia, ese lado sobrepasa, con creces, sus méritos deportivos. Hablamos de la nadadora siria Yusra Mardini, que cumplió en Río 2016 su sueño de siempre de ser olímpica aunque, para su rabia, no lo hiciera gracias a sus marcas personales, sino como integrante –casi podríamos decir que estrella- del entonces recién creado Equipo de Refugiados Olímpicos. Entró a formar parte del mismo gracias al épico episodio que vivió cuando cruzó y ayudó a cruzar –muy posiblemente, salvando sus vidas- a un grupo de refugiados las aguas mediterráneas que unen Turquía con Grecia gracias a sus dotes natatorias.

Hasta llegar a relatar ese episodio crucial en su vida tenemos que ponernos en antecedentes. La jovencísima Yusra (nació en 1998) aprendió a nadar antes que a caminar. Hija de un estricto entrenador de natación que daba clases en la piscina del Comité Olímpico sirio y hermana menor de una nadadora, a Yusra le costó entrar en ese mundo. Obligada por su padre a asistir a clases, al comienzo hacía el todo por el todo por perdérselas, alegando tener frío en el agua, hambre y salir para comer, etc. El día en que su padre se enteró de que apenas nadaba la lanzó al agua. A Yusra se le había, incluso, olvidado saber nadar. Pronto superó esa fase, apasionándose con la natación dentro y fuera de la piscina. Fuera, admirando a través de la televisión a Michael Phelps, a raíz de su final de los 100 mariposa de Atenas 2004. Mientras, la pequeña Yusra iba mejorando en su nadar, hasta el punto de entrenar “como profesional” con tan solo siete años. Con doce ya fue internacional por primera vez. Según iba creciendo empezó a ser mal mirada por no usar el hijab y, para más inri, practicar un deporte en el que hay que ir vestida en bañador. Su progresión siguió, a costa de superar lesiones y enfermedades –como perforación de oído-, lo cual no era excusa para abandonar entrenamientos a los ojos de su padre. Yusra siguió compitiendo y ganando medallas para su país, llegando a participar en el Mundial de piscina corta que se celebró en Estambul.

En esa época empezaron a recrudecerse los disturbios en su país, tras las revoluciones de primavera que se iban sucediendo en diversos países árabes. Así, un día ni ella ni su familia pudieron regresar más a su casa. Venían de visitar a su abuela y los tanques les impidieron entrar en su calle. Yusra no volvería más a pisar su casa. La situación fue agravándose. Los Mardini se iban mudando primero a barrios más seguros, luego a localidades con menos conflicto, empeorando siempre su situación y condiciones de vida hasta extremos nunca antes sospechados por esta familia de clase media. Tras ser un día apaleado su padre, éste decidió mudarse a Jordania, donde fue contratado como entrenador. Yusra, sin embargo, junto con su madre y dos hermanas, permanecería en Damasco. Seguía yendo regularmente a la piscina a entrenar, hasta que los bombardeos primero en sus alrededores y luego en plena instalación pusieron fin a esas horas al día en las que Yusra evadía su mente de los conflictos externos y se dedicaba en cuerpo y alma a la natación. La situación llegó a ser tan extrema que Yusra y su hermana mayor Sara lucharon por convencer a sus padres de que no quedaba más alternativa que salir de un país en el que se jugaban literalmente la vida cada vez que paseaban por la calle, pues les llegaron a pillar (aunque sin consecuencias) varias bombas.

Foto de Alexander Hassenstein / Getty Images para el COI

Las hermanas Mardini empezaron su aventura de huida de Siria volando a Estambul. Allí, junto con varios primos, contactarían con contrabandistas que, supuestamente, les trasladarían a la costa y de allí les proporcionarían botes para llegar a la isla griega más cercana, siempre a cambio de una cuantiosa cantidad de dinero, claro está. Las cosas no funcionaron así. Al llegar a la costa fueron abandonados, pasando noches al raso en improvisados campos de refugiados –pues llegarían a juntarse centenares de éstos-. El prometido bote nunca llegaba, mientras Yusra y los suyos esperaban con impaciencia, viendo como iban abandonando tierra docenas y docenas de refugiados. Entretanto, se iban estrechando los lazos entre los compañeros de aventura, que pasaron de ser auténticos desconocidos a ser considerados familia. Unos lazos que ya nunca se romperían. Hasta que por fin llegó el ansiado bote que les iba a llevar a la “tierra prometida” de la Unión Europea. El primer intento fracasó, pues el bote no aguantó el peso de 24 refugiados y se hundía en el mar. Vuelta a la costa y nueva espera. La ansiedad iba creciendo en el campamento, mientras las hermanas Mardini tranquilizan sobre todo a las madres diciéndoles que ellas y sus hijos estarían a salvo porque ellas “eran nadadoras” y podrán salvarles en caso necesario.

El segundo y definitivo bote llega en el momento en que se levanta el viento, empeorando las paupérrimas condiciones, teniendo en cuenta que se trataba de un bote hinchable de goma. Abandonados a su suerte, solos sin intermediación de los contrabandistas (que se habían abonado, así, una ingente cantidad de dinero de parte de los 24 refugiados), el motor del bote no funciona y el peso de los viajeros hace que entre agua. Imprescindible aligerar peso. Las hermanas Mardini se lanzan al agua, siguiendo a un hombre que se ató a unas cuerdas ya que no sabía nadar. No es suficiente, así que tiene que ser seguido por un cuarto hombre. Los dos hombres se van turnando con otros, pues además el frío arrecia. Las hermanas Mardini no son nunca sustituidas. Continúan una travesía de 10 kilómetros que llegó a durar tres horas y media. En esa interminable travesía le castañetean los dientes a Yusra, le aparecen moratones y se golpea. Nada sin gafas de agua ni sin las suyas propias pero sí con su ropa, que le incomoda al nadar. Llega un momento en que las chicas no pueden más y piden con la mirada un relevo, que nunca llega a producirse. En esas, les adelanta un bote con motor y espacio suficiente para alojar a más viajeros. Les piden subirse, pero son ignorados. Tras las mencionadas tres horas y media de travesía por fin arriban a la costa griega.

Si pensaban que la aventura de su huida había acabado una vez llegadas a territorio europeo de Grecia estaban muy equivocadas. Les quedaba mucho por delante. En la isla sufrieron desprecio hacia ellos por parte de algunos habitantes –como los dueños de un restaurante donde querían comprar agua y se la negaron- aunque, en el otro extremo, generosidad de otros, que les llegaron a ofrecer ropas. El calvario, ahora de índole burocrática, se inició en esa isla griega de Lesbos al darse cuenta de las colas que debían esperar para lograr un sello. Estamos en agosto de 2015 (si se fijan, justo un año antes de los Juegos de Río, que se veían entonces tan lejanos). Ese mes entraron en Lesbos 80.000 refugiados por mar. Las Mardini y compañía no se libraron del interminable papeleo para conseguir un ferry hasta el Pireo. La travesía seguía en autobús hasta la frontera con Macedonia y posteriormente entrar en Serbia. En Belgrado vuelven a sufrir el rechazo: no les querían en los hoteles, aun dispuestos a pagar cifras infladas. Se les planteó entonces la disyuntiva de qué ruta seguir, optando por cruzar a pie la frontera con Hungría. Los días vividos entonces, siempre con miedo y penalidades, los resumimos en escasas líneas aquí, con la dificultad de poder transmitir la angustia vivida en primera persona. En Belgrado vuelven a intervenir contrabandistas que, una vez más, les vuelven a timar. El prometido pasaje en coche hasta Budapest se convierte en un abandono en medio de la carretera y una solicitud del doble del pago acordado. Pero finalmente llegaron a la capital húngara, donde fueron “secuestrados” en un hotel donde se hacinaban decenas de refugiados que habían pagado todos sus ahorros a los contrabandistas. Al menos el eco en los medios que tuvo este hecho, al ser recogido por unos periodistas que realizaban un reportaje sobre la huida de Yusra y sus acompañantes, sirvió para dar a conocer esa red ilegal de extorsionadores.

La idea era llegar a Alemania en tren desde Budapest. Sus primeros billetes fueron dinero tirado, pues el Gobierno húngaro canceló los trenes con ese destino, en un intento de finalizar con el trasiego de refugiados. Consiguen  billetes para un segundo tren, pero de nuevo se frena su travesía siendo expulsados del mismo por la policía en una estación cercana a la frontera. Fueron momentos de alta tensión, frenados en una comisaría, hasta que son liberados y deciden regresar a Budapest para reconducir la huida.

Finalmente, el Gobierno opta por proveer de autobuses gratuitos hasta Austria, un viaje, por cierto, nada cómodo, con autobuses abarrotados de nuevo –algo a lo que ya se estaba acostumbrando Yusra y sus compañeros-.

Podríamos decir que su llegada a Viena coincide con un punto de inflexión en su perspectiva de las cosas. Allí les reciben por primera vez dándoles la bienvenida en forma de saludo escrito sobre un pastel. También pudo marcar un antes y un después en la mente de Yusra cuando un periodista le insinuó que, ya que había sido capaz de tantas hazañas ¿no lo sería también de acudir a unos Juegos Olímpicos? Por primera vez el sueño que tenía Yusra desde pequeña no se veía tan lejano y la idea penetra en su mente.

Aparcamos aquí la primera parte del relato de Yusra Mardini, que, avisamos, adquiere un cariz totalmente diferente a partir del punto en el que lo dejamos. La historia continúa aquí.

Foto de Dominic Ebenbichler/Reuters

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