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EL SINGULAR VIAJE DE LA DELEGACIÓN DE ESTADOS UNIDOS A LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE BERLÍN 36 A BORDO DEL SS MANHATTAN

A veces conviene recordar las diferentes condiciones que vivieron los deportistas olímpicos en ediciones pasadas de los Juegos respectos a los actuales. Y cuando decimos pasadas nos referimos a hace casi una centuria. Sabiendo esas condiciones ponemos en aún mayor valor sus logros deportivos. Por ejemplo, el largo viaje realizado en barco por la expedición estadounidense de camino a los Juegos celebrados en Berlín en 1936.

Las dificultades llegaron antes mismo de subirse al barco, el cual zarpó de Nueva York. Naturalmente, no todos los deportistas vivían en la ciudad de los rascacielos, ni siquiera en sus inmediaciones, por lo que la gran mayoría tuvieron ante sí un largo viaje en tren hasta llegar a la ciudad de partida. No se trata solo de las largas e incómodas horas pasadas a lo largo de ese trayecto, sino que los propios deportistas tuvieron que pagarse los billetes de tren, al menos aquellos cuyas federaciones no ayudaban. Fue, lamentablemente, el caso de muchos. Sin medios, tuvieron que acudir a pedir ayuda financiera a sus conciudadanos, alcaldes de sus ciudades, anónimos contribuyentes, etc. Por citar solo uno de los atletas que tuvieron que pagarse ellos mismos el viaje tenemos al corredor Ralph Metcalfe, que en Berlín ganaría dos medallas (una de ellas de oro) y ya había ganado dos en la anterior cita olímpica. Meetclafe tuvo que trabajar de camarero en el tren que le llevaba desde su Los Ángeles natal hasta Nueva York para pagarse el billete. Otro atleta, Mack Robinson, ya había tenido que acudir a un empresario de su localidad para que le pagara los 150 dólares del billete de tren para acudir a las pruebas clasificatorias para los Juegos, aunque el dinero no le llegó para sustituir sus viejas zapatillas. Robinson subiría al podio en los Juegos de Berlín. Y así, nos encontramos con más ejemplos. Un dato más: el billete del barco para ir hasta Alemania costaba 500 dólares a pagar, en la mayoría de los casos, por los propios deportistas.

El equipo de nadadoras a bordo del barco

Vayamos ya a la travesía hasta los Juegos, realizada en el SS Manhattan. Una de las curiosidades fue que toda la amplia expedición de Estados Unidos compartía barco con pasajeros ajenos, algo impensable hoy en día. Despedidos por miles de aficionados en el puerto de Nueva York y celebrados por los bocinazos de las embarcaciones que allí se hallaban, los 334 deportistas vieron cómo se izaba la bandera olímpica y sonaba el himno. A continuación los fotógrafos oficiales y de prensa empezaron a realizar instantáneas de los deportistas, uniformados elegantemente, divididos en grupos: hombres, mujeres, sus distintos deportes…

La travesía fue más dura para algunos, como el mismísimo Jesse Owens, que cogió frío y sufrió laringitis. Otros, como la también atleta Tidye Pickett estuvo vomitando diariamente. Problemas aparte, lo cierto es que los deportistas olímpicos recibieron un tratamiento VIP durante todo el viaje, con enormes camarotes donde se reunían en estrecha camaredería los deportistas. Especialmente recibieron tratamiento de lujo en cuanto a (copiosas y numerosas) comidas se refiere. Pero este aspecto precisamente no ayudó en nada a su forma física. La comida de los olímpicos no se diferenciaba en nada de la del resto de pasajeros y consistía en sopa de pollo, pollo frito, puré de patatas y guisantes, helado y dulce para cenar. Simplemente a los remeros se les añadieron algunas verduras. Es un ejemplo de la alimentación, nada sana ni específica para deportistas, que comieron los hombres y mujeres que semanas más tarde debían realizar sus mejores actuaciones en Berlín. De hecho, todos engordaron.

Jesse Owens practicando. Foto de Corbis-Bettmann.

Si a esto sumamos que prácticamente no pudieron entrenarse durante todos los días del viaje tenemos como resultado una pésima preparación preolímpica. A los luchadores, remeros y jugadores de baloncesto y béisbol se les permitía entrenar algo en cubierta pero únicamente en determinadas horas asignadas. Los nadadores podían practicar en la pequeña piscina sólo de 7 a 9 de la mañana y de 2 a 5 de la tarde. Los boxeadores contaban con un ring en cubierta para entrenarse.

El ambiente que reinó entre todos los olímpicos fue excelente. Por primera vez los de raza negra no vivieron discriminación de sitios en los que no se les permitía estar. Los deportistas mataban las horas libres -demasiadas- bailando o jugando al bingo o en el casino que había a bordo del barco. Fue en esas circunstancias cuando tuvo lugar el quizá mayor escándalo de ese viaje: la expulsión de la nadadora Eleanor Holm, gran favorita para el oro, por haberla encontrado ebria en las fiestas que tenían lugar en el barco en lugar de acostarse a las nueve de la noche, hora estipulada para los deportistas olímpicos. No se quedó el incidente en la expulsión, pues unos 200 deportistas presentes se pusieron de su parte, pidiendo que se levantara su castigo, algo que no consiguieron. A propósito de este caso todos los deportistas olímpicos tenían prohibido jugar al poker y al blackjack a bordo del SS Manhattan. También se les pedía vestir en todo momento -salvo en sus camarotes- con la equipación completa. Sin embargo, no tenían prohibido ni beber ni fumar, algo que se dejaba a la discreción de los propios deportistas. El entonces presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, el ínclito Avery Brundage, llegó a afirmar que “no podía hacer de niñera de más de 300 personas a lo largo de los ocho días que duraba el viaje”.

Finalmente el crucero llegó al puerto de Hamburgo, donde fue recibido con una gran bienvenida de la población local que no paró de recibirles con multitud de canciones en alemán dedicadas a la delegación estadounidense. Del puerto serían conducidos en autobús al Ayuntamiento de la nórdica ciudad germana para una nueva recepción, antes de partir hasta la capital, donde se desarrollarían los Juegos, no sin antes tener unos cuantos días para poder ponerse por fin en forma tras las pocas horas de entrenamiento y la excesiva alimentación que tuvieron a bordo del SS Manhattan.

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