Heroínas olímpicas

ENRIQUETA BASILIO: TODO UN SÍMBOLO DEL OLIMPISMO Y DE LA IGUALDAD DE GÉNERO

Hay fechas que marcan un antes y un después en el olimpismo e incluso en la historia del deporte en general. En este caso, también en la historia de la incorporación de la mujer a terrenos que antes le estaban vedados. Una joven de 20 años, atleta mexicana a la que sus padres habían prohibido practicar el atletismo “porque no era femenino” (sic) abrió puertas a sus congéneres -especialmente a sus compatriotas- y se convirtió, ipso facto, en todo un símbolo. Símbolo olímpico y símbolo de la igualdad de género. Estamos hablando de Enriqueta Basilio, la primera mujer que encendió el pebetero en unos Juegos Olímpicos (lo curioso es que, desde que lo hizo ella en 1968 sólo lo ha hecho otra mujer en Juegos de verano, Cathy Freeman en los de Sidney  2000)

¿Por qué fue escogida, ante su propia sorpresa, esta joven atleta para realizar tal honor? Es verdad que llegó a ser considerada la mejor atleta femenina de su época en su país, pero sólo llegaría a participar en los Juegos celebrados en México y con escasos resultados. Competió en pruebas un tanto dispares, como los 80m vallas, los 400m y el relevo 4×100. Pero no eran sus marcas las que le dieron el pasaporte a recibir el alto honor de ser la última relevista de la antocha olímpica y encender el pebetero del Estadio Olímpico Universitario para protagonizar el momento culmen de la ceremonia de apertura de los Juegos de 1968. Su elección se debió a que el país organizador quería aprovechar la ocasión para cambiar su imagen de cara al exterior. Que uno de los gestos más importantes de todos los Juegos Olímpicos lo llevara a cabo, por vez primera, una mujer, suponía un lavado de cara, una nueva imagen, todo un símbolo de progreso. Lo fue para el país, pero también para las mujeres. Enriqueta Basilio entró en la historia, se convirtió en todo un emblema y en una pionera. La atleta mexicana dijo una serie de afirmaciones que se recordarán siempre: “En los días que vivimos es difícil depender de un hombre. Debemos ser iguales”. O “no solo prendí el fuego olímpico: encendí el corazón de las mujeres”. Su simple elección supuso un paso hacia la igualdad, hacia los mismos derechos entre hombres y mujeres. Todo un gesto de modernidad en una época y un país bien necesitado de ello.

Foto de AP

El 12 de octubre tuvo lugar el histórico hecho, pero hemos de contar todo lo que le rodeó. Pocos días antes se había producido una revolución estudiantil en Ciudad de Méjico que amenazó con dar al traste la propia celebración de los Juegos. Enriqueta no se enteró de nada porque estaba recluida en el Centro Olímpico, sin noticias del exterior. No obstante, le extrañó a la atleta que le entregaran la antorcha “para que ensayara” militares. Los preparativos no iban como se esperaba, pues nunca le llegó a Basilio el uniforme que debería llevar puesto para tan histórico momento, así que la propia Enriqueta decidió escoger cómo iría vestida…y escogió el color blanco como símbolo de la paz.

La eligieron relativamente poco antes de los Juegos con una simple prueba: le dieron una estafeta de relevos y le pidieron que se diera una vuelta corriendo con ella, simulando ser una antorcha. Causó buena impresión. Para encender el pebetero tenía que ascender una interminable escalera de 93 escalones. Lo que pocos saben es que la altura de los mismos se hizo adaptada a esta atleta. Aun así, se bloqueó al subirlas en el momento clave, aunque fuera con el fondo del enfervorecido aplauso de las mujeres presentes. Hubo hombres, por otra parte, a los que no gustó la elección de una mujer. Ellos no pertenecían a esa imagen de progreso que se quería reflejar. Enriqueta pasó un mal rato subiendo la escalera. No oía ni veía nada. Sentía sobre sí misma todo el peso y la responsabilidad de representar a las mujeres del mundo, todo un papel. Pero si dudó en el ascenso nadie lo notó y realizó su papel a la perfección. Llegó a afirmar que “nació para el mundo en el momento de encender el pebetero”. Años más tarde volvería a portar una antorcha olímpica. Sería en el paso por México de los relevos camino de los Juegos de Atenas 2004. Asimismo, con motivo del 50 aniversario de México 68 volvió a encender el pebetero, en un acto simbólico.

Foto de Dario Lopez-Mills/Associated Press

La vida de Enriqueta Basilio siguió por unos derroteros en estrecha relación con el deporte. Se podría decir que el hecho de ser elegida para encender el pebetero olímpico la catapultó hacia labores como los de organizadora del Recorrido del Fuego Simbólico por la Paz y el Deporte, evento que conmemora los Juegos de México 68 (este y otros hechos, por cierto, la hicieron merecedora del Premio al Juego Limpio del Comité Olímpico Mexicano y el Comité Internacional para el Fair Play por “su actitud ejemplar a lo largo de su carrera marcada por un constante espíritu deportivo”). También entró en la política, siendo nombrada diputada y fue miembro del Comité Olímpico Mexicano. Por desgracia, padeció Parkinson -mal que le causó la muerte a los 71 años- los últimos 20 años de su vida.

Los Juegos del Black Power, del salto estratosférico de Bob Beamon, del revolucionario salto de Dick Fosbury, de la revolución estudiantil de la Plaza de las Tres Culturas, quedarán en la retina de todos por un hecho que trasciende el propio deporte, el gesto de todo un país hablando al mundo: la igualdad de la mujer se tiene que producir en todos los ámbitos, en el deportivo también. Todo ello personificado en esta atleta que respondía al nombre de Enriqueta “Queta” Basilio, o al apodo de “Diosa Voladora”.

Foto de AP

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