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MARIEKE VERVOORT: UNA VIDA EN LUCHA CONSTANTE

“Cada vez que pensabas que ya no funcionaría, un rayo de luz brillaba una y otra vez y dio fuerza y coraje para continuar hasta la última vez”. Estas palabras, junto con una fotografía suya, es lo único que resta en la página oficial de Marieke Vervoort tras fallecer acudiendo a la eutanasia. La paralímpica belga, medallista en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 y Río 2016, ponía el 22 de octubre de 2019 fin a su vida, a los 40 años de edad. Una vida a la vez plena y dolorosa, extremadamente dolorosa, pero que llevó con una dignidad absoluta y sin perder el buen humor pese a los tremendos dolores que padecía. Y es que Marieke fue desde siempre una persona vital, si se permite la ironía. De niña, cuentan sus padres, no paraba. Su hiperactividad la hacía subirse a los árboles. Por descontado, practicaba varios deportes, como el ciclismo y la natación. Y a la temprana edad de 14 años llega el mazazo: una inflamación en un pie de raíz muscular que fue avanzando por su cuerpo para convertirse en una enfermedad degenerativa. La parálisis iba ganando la batalla a Marieke, hasta llegar en su última etapa a inmovilizarla de pecho hacia abajo.

Desde 1993 su vida cambió. Si “sólo” su mal hubiera consistido en una parálisis muy posiblemente Marieke no habría tomada tan drástica decisión de someterse a la eutanasia en 2008. Ese año marcó un punto y aparte en su malestar. Era tantísimo el dolor que tomó la resolución que ha acabado de llevar a cabo once años más tarde. Entre medias, medallas en dos Juegos Paralímpicos. Marieke quería subir al podio antes de poner fin a su vida y lo logró. En Londres 2012 se subió al escalón más alto, pues ganó en la modalidad atlética de carreras en silla de ruedas, categoría T52 distancia de 100 metros. En la de 200 metros se hizo con la plata. Antes del atletismo, ya como paratleta, se había dedicado al triatlón y al baloncesto en silla de ruedas, así como a la natación. Vervoort llegó incluso a competir en el prestigioso y durísimo Iroman de Hawaii. Su inquietud la hizo probar más deportes que le reportaran excitantes momentos, de largo los mejores de su vida llena de dolores. Así, practicó “blockarting” (una especie de vehículo con ruedas y vela que se mueve por la acción del viento). Aparte de sus triunfos también sufrió contratiempos en las competiciones, como aquel ocurrido en 2013 en que se chocó con su máxima rival, la canadiense Michelle Stilwell, y quedó lesionada en su hombro. Tuvo que ser operada y la rehabilitación duró diez meses.

Bastante antes de sus triunfos en Londres la sentencia estaba firmada. Literalmente firmada, cuando en 2008 la ley belga le permitió firmar su eutanasia. Como declaró, no significaba que fuera a ponerla en práctica al poco, ya que aún le esperaban -como así sucedió- hechos e instantes memorables en su vida. Por supuesto, la culminación de esos momentos dichosos fueron sus éxitos deportivos (que incluyen récords mundiales y títulos diversos), especialmente en la mayor cita como son los Juegos Paralímpicos. Marieke quería más después de Londres y se preparó para cumplir su último sueño: volver al podio en Río. Justo antes, sus declaraciones recordando que quería someterse (en un futuro aún indeterminado) a la eutanasia despertaron conciencias por todo el globo terráqueo y llamaron la atención sobre tan grave asunto en la Prensa mundial. De pronto, una (por otro lado brillante) deportista paralímpica llenaba páginas y minutos en los medios de todo el planeta. Así nos enteramos de su rara enfermedad; de los desmayos constantes que le causaba; de que apenas podía hilar diez minutos seguidos de sueño; de que sólo entrenar y competir le aportaba momentos de calma; de que debía mucho de su estabilidad emocional a su perro Zen; de que era querida por todo el personal del hospital en el que a menudo tenía que ser ingresada; de que dejaba con la boca abierta a su entrenador ante la dureza que estaba dispuesta a someterse para practicar deporte, incluso bajo las inclemencias del lluvioso clima belga. Supimos así que el deporte era la vía de escape de Marieke en su cruel vida. Que le proporcionaba lo mejor de su vida.

También anunció antes de Río que se retiraría del deporte tras los Juegos. Su cuerpo, maltratado por la enfermedad, ya no podía más. Aun así, en Río se hizo con tras dos medallas: la de plata en los 400m en silla de ruedas categoría T52 y la de bronce en la de 100 metros. Su actividad, pues nunca dejó de ser una persona activa con inquietudes, la llevó también a publicar dos libros: “Wielemie. Deportes para la vida” en 2012 y “La otra cara de la moneda” en 2017. Wielemie era el apodo que le dieron sus compatriotas y viene a significar “la rueda y yo”. Wielemie empezó a pensar en la eutanasia cuando su condición empeoró severamente en el citado año de 2008. Su vista también se vio afectada por el terrible mal muscular; en un ojo tenía una visión del 20% y en otro de tan solo el 10%.

Sí, Marieke Vervoort, para nosotros Wielemie, sufría espasmos, desmayos, dolores, parálisis, pero preferimos saber que el deporte le reportó experiencias únicas. No nos referimos -que ya es mucho- al dulce sabor de la victoria, del récord mundial. Sus momentos sobre el tartán, en el agua, en el mar, sobre una bicicleta, eran su medicina contra el miedo y el sufrimiento. Llegó a afirmar que “el entrenamiento es mi única razón para vivir” y que cada instante en una pista le suponía “gozo”.

Dijo que cuando tuviera más días malos que buenos diría adiós. Ese día llegó pero, entre medias, dejó, junto a horas y horas de dolor que sólo ella conoció hasta qué grado, instantes de gloria, de victoria y de sabor de la vida. Marieke Vervoort tuvo la oportunidad de saborear esos momentos, quedémonos con eso, aunque no olvidemos la tragedia que padeció.

Foto de Getty Images

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