Legendarios

EUGENIO MONTI: EL ÉXITO EN LA PISTA DE BOBSLEIGH, LA TRAGEDIA EN LA VIDA

La historia de esta LEYENDA, con mayúsculas, del deporte y del olimpismo trasciende más allá de la competición y demuestra dos cosas: que los grandes lo son por sus valores y no solo por su talento y que los campeones pueden llevar al margen de sus éxitos vidas duras con problemas trascendentales de los que les cuesta salir. Eugenio Monti, gran campeón italiano del bobsleigh, demostró los dos axiomas y enseguida veremos por qué.

Trasladado desde niño a Cortina d´Ampezzo se imponía su dedicación a los deportes de invierno. Escogió el esquí alpino, donde destacó en varias de sus disciplinas. Siendo aún una promesa del esquí italiano un noto periodista deportivo transalpino le apodó “Rojo volador” por su color de pelo y características. El joven Eugenio llegó a ser seleccionado para competir en los Juegos de Oslo 52. Sin embargo, una grave lesión en los ligamentos de la rodilla provocada por una caída entrenando le hace retirarse de un deporte en el que ya destacaba. Es en ese momento cuando el inquieto Monti se pasa al bobsleigh, consiguiendo a los 26 años su primer título. A partir de ahí forjaría una leyenda aún no igualada, que le han convertido en el mejor de su deporte, con un total de nueve medallas de oro en Mundiales (más una plata) y seis olímpicas (dos de cada metal).

Su trayectoria olímpica se inicia en casa, más cerca imposible, pues los Juegos de 1956 se disputaban en Cortina. Aún no había conseguido sus oros mundiales (iniciaría su palmarés a partir del siguiente año), pero ya era uno de los favoritos. Sin embargo, en los Juegos en casa “solo” consigue dos medallas de plata, tanto en la prueba a 2 como en la A 4. Los numerosos títulos del ciclo olímpico siguiente le convirtieron en el máximo favorito para los Juegos sucesivos, pero su mala suerte con la máxima cita deportiva continúa, esta vez peor, pues las pruebas de bobsleigh no llegan a disputarse en los Juegos de Squaw Valley de 1960 ya que no se construye la costosa pista por el “escaso interés”, dicen, de los deportes que en ella se practican. Ocho años, pues, para resarcirse le quedan al campeonísimo italiano.

Llega así a la cita de Innsbruck 64 y aquí se produce el suceso que, como decíamos, trasciende el deporte y muestra los valores de un auténtico campeón, que demostró poseer verdadero espíritu olímpico. Los hechos ocurrieron así: al término de la primera manga el equipaje británico en la prueba A 2, probablemente los mayores rivales de Monti y su compañero Sergio Siorpaes, pierde un perno de sujeción de su vehículo. Tendría que abandonar, de esta manera, la competición. Eugenio Monti no quería ganar por abandono del contrario, así que realizó un gesto –que, seamos sinceros, le valió duras críticas en su día por parte de la prensa italiana- por el que ha pasado a la historia, además de por sus triunfos. El dúo italiano ya había realizado su bajada, con un gran tiempo. Monti sacó la pieza que les faltaban a los británicos de su propio vehículo y se la prestó. Éstos, con ella, realizaron el mejor tiempo. Los británicos acabaron ganando el oro, mientras que los italianos finalizaron terceros. Las palabras del italiano fueron “Nash (nombre del capitán del equipo británico) no ha ganado por mi pieza, sino porque fue el más rápido”. Su generoso gesto le valió a Eugenio Monti la concesión del primer Premio Pierre De Coubertin a la deportividad, un honor del que muy pocos deportistas han sido merecedores a lo largo de todas las ediciones olímpicas. También su gesto llevó aparejado que se erigiera un monumento en su honor en el Saint Moritz Bobsleigh Club, a la salida de la curva 4.

Con 40 años a Monti sólo le quedaba la oportunidad, por fin, de proclamarse campeón olímpico en los Juegos de Grenoble 68. Por una vez la carrera quiso hacer justicia y le “concedió” al mejor bobsledder de la historia no uno, sino dos títulos olímpicos. Por cierto, que ganó uno de sus oros por el margen más estrecho posible: 0.1 segundos. De paso le correspondió la gloria –que no podía recaer en nadie más que él- de ser el primero en ganar oro olímpico en las dos pruebas del bobsleigh (A2 y A 4) en unos mismos Juegos.

A título personal la vida le dio revés tras revés. Como decíamos al principio, los grandes campeones son del todo humanos y en absoluto súper héroes. Eugenio Monti padeció varias desgracias personales, alguna con rasgos de auténtica tragedia. Sufrió en sus últimos años la cruenta enfermedad de Parkinson. Su mujer se divorció de él y se marchó a Estados Unidos con su común hija. Su otro hijo murió víctima de una sobredosis de droga. Eugenio Monti tuvo, a consecuencia de todo lo dicho, un amargo final, disparándose un tiro en la cabeza en el garaje de su casa, a resultas del cual falleció. Su generosidad traspasó su muerte, pues su hígado fue trasplantado. Todos los que le trataron tenían buenos recuerdos de él, como sus compañeros del bobsleigh, que afirmaron “Eugenio siempre, después de cada triunfo, pronunciaba sus primeras palabras para dar las gracias a sus compañeros de equipo”.

La pista de Cortina, hoy en desuso, lleva su nombre. La candidatura olímpica de Milán/Cortina para los Juegos de 2026 se plantea rehabilitarla para esos Juegos, si finalmente se celebran allí.

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