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LA FASCINANTE VIDA DE GILLIS GRAFSTRÖM, TRIPLE CAMPEÓN OLÍMPICO DE PATINAJE ARTÍSTICO

En muchas ocasiones las trayectorias de los campeones olímpicos del pasado nos traen vidas apasionantes y el caso que trataremos hoy no es menos: la del patinador sueco Gillis Grafström estuvo llena de anécdotas que hoy nos parecen casi increíbles. Ya nos puede parecer fascinante que empezara a competir antes de la I Guerra Mundial, pero lo que más llama la atención de sus experiencias olímpicas y de que, a pesar de todo lo que ocurrió se alzara con tantos éxitos, es digno de un libro.

Ante todo decir que ha sido el patinador que más medallas olímpicas ha ganado en la historia; que, junto a Eddie Eagan, es el único atleta en haber ganado la medalla de oro en Juegos Olímpicos de invierno y de verano, bien es cierto que el patinaje artístico se introdujo en sus inicios formando parte del calendario de los Juegos de verano. Por lo tanto, al César lo que es del César: Eddie Eagan es el único campeón olímpico en Juegos de verano e invierno en diferentes disciplinas. No obstante, Grafström ostenta otro récord -de momento, si no se lo quita en Pekín 2022 Yuzuru Hanyu- y es el haber sido el único patinador masculino en ganar tres oros consecutivos. Asimismo es el único en haber conseguido medallas en cuatro Juegos Olímpicos.

Foto del COI

Tanto récord nos puede abrumar, pero no nos quedemos con la idea de que este patinador sueco fuera una máquina. Al contrario, se distinguía por su elegancia, su interpretación de la música y por las innovaciones que introdujo en el patinaje, determinantes en la historia de su deporte y no fueron precisamente pocas las novedades que introdujo. Para empezar, fue el primer patinador en controlar el salto axel, pues su inventor, Axel Paulsen, lo realizaba aún con patines de hockey sobre hielo. De esta forma, Grafström lo mejoró gracias a la mejor técnica que le proporcionaban unos patines más adecuados. También creó su propia figura (que lleva su nombre), consistente en una pirueta realizada con el filo externo anterior y, sobre todo, por inventar la ya común pirueta denominada flying sit.

A Gillis Graström se le consideraba el mejor en los elementos obligatorios pero hablemos de los avatares que tuvo durante sus participaciones olímpicas:

En los Juegos de Amberes de 1920 uno de sus patines se rompió durante la competición así que no le quedó más remedio que irse a comprar uno nuevo. En la ciudad belga, para su desgracia, sólo encontró patines anticuados, con las puntas curvadas, diferentes a los que usaba. Pese a ello, ganó la competición. No solo eso, sino que los seis jueces presentes le dieron unánimemente el primer puesto. Pasamos a su siguiente experiencia olímpica. En Chamonix, cuatro años más tarde, volvió a alzarse con el oro. En la cita de St. Moritz 1928 volvió a ganar -pese a tener hinchada una de sus rodillas- superando al mismo rival que en los Juegos anteriores: Willy Böckl, por una diferencia cada vez más escasa. Llegamos a los Juegos de Lake Placid que tuvieron lugar en 1932, con un Gillis Grafström de 38 años. En esa ocasión perdió pero no fue motivada su derrota por su edad, precisamente, sino por un accidente en plena pista de hielo con un fotógrafo que seguía la prueba, contra el que chocó. Pese a ello, se hizo con la medalla de plata.

Su interesante vida no acabó allí. Una vez retirado se dedicó a entrenar a la grandísima patinadora noruega Sonja Henie, considerada una de las mejores de la historia. También estudió arquitectura y ejerció como arquitecto. Sus intereses en la vida no se limitaban a ello, pues se convirtió en un artista completo: empezó coleccionando esculturas, cuadros y grabados sobre el patinaje. Una colección tan considerable que fue continuada a su muerte por su viuda (por cierto, bisnieta del compositor Felix Mendelssohn) y forma parte hoy en día de la colección del Museo Mundial del Patinaje Artístico en Colorado Springs. Pero no se quedó su interés artístico en la mera faceta de coleccionista, sino que él mismo fue pintor, escritor y artista gráfico.

Grafström, que como otra curiosidad tiene la de que entrenaba en un lago helado (el de Bornstedter), murió a los 44 años a los dos meses de casarse a causa de envenenamiento de la sangre.

Los hitos logrados por este gran campeón, así como las particularidades en sus experiencias olímpicas, deben ser recordados y dados a conocer al público de hoy, pese a los años que han pasado desde que patinara encantando a los espectadores de su época.

 

 

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