Heroínas olímpicas

ANDREEA RĂDUCAN: LA SANCIÓN POR DOPAJE MÁS INJUSTA DE LA HISTORIA OLÍMPICA

Hubo una época, no tan remota, en la que las gimnastas rumanas dominaban el panorama mundial. En los Juegos de Sidney, 24 después del “boom” de Nadia Comăneci en Montreal 76, tres rumanas coparon el podio de la competición individual femenina, por este orden: Andreea Răducan, Simona Amânar y Maria Olaru. Sin embargo, no consta para los anales este trío (por cierto, era la última edición en la que se permitía la participación en la final individual de tres gimnastas del mismo país). El escándalo saltó pocos días después de disputada la final: Răducan, la campeona olímpica, había dado positivo, por lo que fue desposeída de su medalla. La sustancia prohibida que había tomado era pseudoefedrina, que sí está permitida pero no en la dosis que se le detectó a la gimnasta. La clave está en que Răducan, que contaba entonces 16 años, pesaba 37 kilos, lo que hizo que la dosis en su pequeño cuerpo tuviera más impacto. El médico de la selección rumana le había prescrito el medicamento Nurofen para tratar un resfriado que le estaba causando fiebre y tos. Su propia compañera Simona Amânar había tomado también el mismo medicamento, sin dar positivo por la sencilla razón de pesar diez kilos más que Andreea. Curiosamente no  despojaron a Răducan el resto de sus medallas -oro por equipos y plata en potro-, puesto que en los controles realizados tras dichas competiciones (disputadas otros días) la rumana no dio positivo.

Por una vez la comunidad gimnasta y no digamos la del deporte rumano, se puso de parte del deportista suspendido por dopaje. Las circunstancias atenuantes fueron tales que incluso días más tarde las instituciones -TAS, Federación Internacional de Gimnasia y Comité Olímpico rumano- la exoneraron. En primer lugar porque al ser menor de edad no se la podía acusar de intención, amén de no poder negarse a cumplir con las órdenes de, en este caso, el médico de la selección. En segundo lugar porque no solo no le ayudó en su prestación, sino que el medicamento en cuestión le provocó mareos dificultando, por tanto, su actuación, en lugar de ayudarla. Como decimos, el mundo de la gimnasia se puso de su parte. Empezando por Nadia Comăneci, que luchó contra “la injusticia y la ilógica” del asunto, criticando la hipocresía de algunos que, al ver a Răducan de vuelta en el gimnasio, le daban las espaldas, “tratándola como si fuera una criminal”. El trío de medallistas tras la descalificación de Răducan la apoyaba también al 100% y no solo sus compatriotas –Amânar y Olaru, las cuales llegaron a pensarse no aceptar el nuevo metal de sus medallas pero que lo hicieron al final para que Rumanía no las perdiera-, sino la tal vez mayor “beneficiada” del caso: la china Liu Xuan, que de no tener medalla pasó a obtener el bronce. Ninguna de las tres accedió a repetir la ceremonia de premiación, por respeto a Răducan, a la que todas consideraban justa campeona. Todas hablaron en favor de Andreea, incluyendo la china Xuan, quien declaró: “Me siento triste. Esto no tiene sentido”. El que sí recibió sanción por una duración de hasta dos ciclos olímpicos fue el médico en cuestión, considerado el auténtico responsable del entuerto.

Foto de Getty Images

Entonces apareció en escena Ion Tiriac. El ex tenista en ese momento ocupaba el cargo de presidente del Comité Olímpico de Rumanía. Luchó por devolverle la medalla a Răducan  pero, al no conseguirlo, dimitió de su cargo. Fue el primero que no solo decidió no castigarla por haber suspendido en una prueba de dopaje, sino que le concedió el premio en metálico correspondiente a esa medalla, que Rumanía siempre consideró le pertenecía a ella, incluso doblándole la asignación con dinero recaudado por hombres de negocios rumanos. Es más, de vuelta a Rumanía –donde, por cierto, hasta el mismo presidente de la nación fue a recibirla con flores-, se le entregó a la desafortunada gimnasta una reproducción de la medalla olímpica en oro puro. Desafiando la decisión del COI, que nunca le restituyó la medalla pese a considerarla oficialmente inocente y sin derecho a recibir más sanción, Rumanía le concedió pasaporte diplomático por “ser buen embajador de Rumanía” y le tramitaron la adquisición de patrocinadores para que Andreea pudiera seguir dando días de gloria a la gimnasia rumana. Recientemente -en 2015- la ex gimnasta se reunió con el presidente del COI, Thomas Bach, para una posible restitución de la medalla. Ésta no se produjo. Bach subrayó la inocencia de la rumana, pero insistió en mantener el duro castigo.

Răducan pudo devolver en parte la confianza y el apoyo recibidos por parte de sus compatriotas consiguiendo en el Mundial celebrado en Gante al año siguiente de los Juegos de Sidney cinco medallas: oro por equipos, suelo y barra y bronce en salto y en la competición individual. Por desgracia, su carrera duró muy poco, un total de cuatro años en categoría senior, teniendo que retirarse en 2002 debido a las lesiones. Nunca pudo vengarse en unos Juegos Olímpicos –los de Atenas 2004, siguiente cita olímpica- ganando el oro individual que, según prácticamente todos, mereció.

La carrera de esta promesa y realidad de la gimnasia, que había empezado en el deporte con 4 años y medio y que destacó por sus cualidades artísticas en el suelo, donde ofrecía una presentación de alto nivel, sin desmerecer sus dotes técnicas en ejercicios de gran dificultad, se reconvirtió con los años hacia otras facetas del deporte. Primero ejerció de comentarista televisiva, para acabar, desde agosto de 2017, como presidente de la Federación Rumana de Gimnasia, cargo desde el que quiere devolver el brillo de antaño, en parte producido por ella misma, a la gimnasia de su país.

El primer podio de la competición individual, cuando se le otorgó la medalla de oro

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