Heroínas olímpicas

ALISA CAMPLIN: LA MERITORIA PRIMERA CAMPEONA DEL HEMISFERIO SUR EN JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

Su nombre es -tristemente- probable que no les suene, pero Alisa Camplin hizo historia: dio a su país, Australia, el primer oro femenino en Juegos Olímpicos de Invierno, también fue la primera mujer del hemisferio sur en lograrlo y la primera persona australiana en repetir medalla en Juegos de Invierno consecutivos. Pero aun con todo eso, Alisa Camplin es un ejemplo por muchas otras cosas.

Era inevitable que se dedicara al deporte, nacida en una familia amante de todos ellos. De niña siempre estaba o nadando o en clase de tenis o jugando al hockey…Se le daba bien y le gustaba participar con niños, a los que solía derrotar. Cuando era una niña de corta edad ningún niño podía vencerla a la carrera. Y entonces, con seis años, vio algo que la cambió la vida: la ceremonia inaugural de los Juegos de Moscú. Alisa decidió ese día ser olímpica. Para ello siguió practicando deportes, varios de ellos, pero según crecía ya le costaba más ganar a los contrincantes del otro sexo. No obstante, era una habitual del cajón más alto del podio en las pruebas atléticas de medio fondo. Y entonces descubrió otro deporte que le apasionó y que, cómo no, se le daba a las mil maravillas: la gimnasia. La preadolescente Alisa disfrutaba con los saltos y giros. Consiguió medallas en su categoría…hasta que las lesiones la obligaron a apartarse de ese deporte. Sin embargo, y como averiguarán pronto, esos años en la gimnasia le servirían muy mucho a Camplin en el futuro para convertirse en campeona olímpica.

Una vez abandonada obligatoriamente la gimnasia lo que estaba claro era que Alisa no iba a quedarse quieta, así que se pasó a otro deporte, ya con 18 años: la vela. Al poco se anunció que Sidney albergaría los Juegos Olímpicos de 2000. Era su oportunidad de convertir su sueño infantil en realidad. Pero no sería en su recién descubierto deporte de la vela, sino en el atletismo, donde había despuntado tanto años ha. La llamaron para que se preparase la prueba de maratón, pero Alisa no se veía en ella.

Con 20 años se produce otro momento cumbre en su vida: descubre de pura casualidad –siendo espectadora de una prueba- un nuevo deporte que le atrapa: el esquí en su variedad de Freestyle. Este sería el definitivo para la inquieta australiana. Lo prueba y, como no podía ser de otra forma, se le da bien. Esos años practicando gimnasia se notaron. Por aquel entonces Australia estaba experimentando con el deporte de los Aerials, en pleno desarrollo. Camplin se subió al carro y acabó como campeona olímpica.

Convertirse en campeona olímpica no fue cosa de coser y cantar. Ahí se encuentra uno de los méritos de la Aussie que la hacen ser más admirable. Camplin compaginó los entrenamientos con estudios universitarios, así como tener varios trabajos para pagarse sus gastos, entre los que se encontraban recibir clases de esquí. Entre otras labores, entregaba pizzas y limpiaba casas. Realizó muchos esfuerzos para poder llegar a lo más alto.

Foto de Darron Cummings/AP

Lo más alto para Alisa Camplin llegó en los Juegos de Salt Lake City y, de nuevo, tenemos que mostrar admiración por ella, ya que ganó el oro seriamente lesionada, con sus dos tobillos fracturados. Los médicos la dijeron que se arriesgaba a no poder practicar nunca más el esquí. Pese a ello, clavó un triple salto mortal back full/doble full que le dieron una notaza de 193.47. La esquiadora había pedido a su familia que no se desplazaran para verla por lo costoso del viaje. Su madre y una hermana no la hicieron caso y se escondieron entre el público. No hace falta imaginar la alegría que le supuso a Alisa abrazarlas tras conseguir su hito.

Tras el oro olímpico, el bajonazo. Alisa padeció depresión y muchas críticas que afirmaban que no era una esquiadora consistente, sino con la suerte de un día en la competición máxima. Al poco Alisa les quitó la razón ganando el Mundial y la Copa del Mundo la temporada 2002/03, a los que siguieron honores como el de Deportista del Año.

Los problemas volvieron cuando, a consecuencia del estrés de la competición y la presión sufrida, a Alisa se le produjeron úlceras de estómago, hasta dejar el esquí por un tiempo. Pero Alisa tenía que volver y lo hizo para demostrar, una vez más, que valía lo que su medalla de Salt Lake City. En la siguiente cita olímpica de Turín volvió a subirse al podio, aunque fuera al tercer cajón. Pero esa medalla de bronce reconfirmó la valía de la australiana. Y si nos faltaban excusas para admirarla solo hace falta ver la lista de sus lesiones: clavícula rota, fracturas en ambos tobillos, rotura –dos veces- de los ligamentos de la rodilla, reconstrucción completa de una rodilla y nueve conmociones cerebrales. No hace falta añadir más para convertir a esta mujer en súper campeona.

Foto de Ray Kennedy

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