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MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 5: LASSE VIRÉN: CAERSE Y GANAR LA CARRERA

3 de septiembre de 1972, estadio olímpico de Múnich. 69.250 espectadores contemplando la final olímpica de los 10.000 metros masculinos. El nuevo “finlandés volador”, Lasse Virén, que sigue los pasos –nunca mejor dicho- de Paavo Nurmi, Hannes Kolehmainen o Ville Ritola, no es desde luego el favorito para ganar la carrera. Lasse había debutado internacionalmente sólo un año antes y lo hizo con un discreto séptimo puesto en los 5.000 de los Europeos disputados en la capital de su país. Apenas 20 días antes de los Juegos de Múnich logra su primer récord del mundo en Estocolmo, en la distancia de dos millas, pero eso no le convierte en favorito para la prueba de fondo olímpica.

Empieza la larga carrera y lo hace a un ritmo endiablado. Puede caer el récord del mundo que dura ya siete años. Poco antes del ecuador de la prueba, en la vuelta número 12, el corredor finlandés y el tunecino Gammoudi tropiezan y acaban con sus huesos en el tartán. El atleta africano no puede continuar la carrera, dolorido. El finlandés se levanta y reanuda la marcha. Tras 230 metros consigue colocarse ya en el grupo de cabeza. Virén ya iba en puesto de posible medalla tras una caída que le había dejado muy retrasado.

El líder de la carrera va rotando hasta que, a falta de una vuelta y media, nuestro protagonista realiza un cambio de ritmo definitivo y va dejando atrás uno por uno a todos sus rivales, aunque el duelo final con el belga Emiel Puttemans hizo que Virén sacara lo mejor de sí, corriendo el último kilómetro en 2:29.2.  Virén acaba venciendo –con una considerable distancia respecto al segundo de seis metros- y batiendo el longevo récord mundial.

Sus hazañas prosiguen en esos mismos Juegos de Múnich, pues una semana después gana otro oro, el de los 5.000 metros, derrotando a la “víctima” de los 10.000, Gammoudi, que era el vigente campeón. En dicha carrera estableció un nuevo récord, aunque esta vez “sólo” olímpico. Pocas semanas después consigue un nuevo récord mundial, aprovechando al máximo su buen estado de forma.

En los siguientes Juegos repetiría oro en ambas pruebas, lo que le convierte en el único atleta de la historia en haber conseguido repetir victoria en las dos pruebas de fondo. Pero Virén se quedó ahí (que no es poco): era un atleta dedicado por entero a los Juegos Olímpicos.

Su falta de resultados en otras pruebas y su temprana retirada hicieron sospechar sobre un posible dopaje. Se habló mucho sobre si Virén realizaba autotransfusiones de su sangre. Al parecer sí que lo hizo, pero en su época no era ilegal. Mariano Haro, cuarto en la carrera de los 10.000 de Múnich y, por ende, principal perjudicado junto con Gammoudi, siempre sospechó del finlandés: “Me ganó dopado”, llegó a afirmar. Es evidente que Lasse Virén realizaba auténticos hachazos en las carreras que ganó. Su autoridad era pasmosa, pero él lo achacaba a dos hechos: trabajo, trabajo y más trabajo (no se saltaba ni un día de entrenamiento y llegaba a correr 8.000 kms al año) y entrenamientos en altitud (fue pionero en ello), entrenando en Colombia y Kenia para adaptar su cuerpo a la altura y elevar así su hematocrito hasta el nivel de los corredores criados en la altiplanicie. De hecho, Virén corrió en Múnich 72 y Montreal 76 con un 70% de hematocrito. Finalmente no hay que dejar de considerar que Lasse se crió en los bosques finlandeses, donde entrenaba. Evitar las raíces de los árboles le acostumbró a realizar los típicos cambios de ritmos de las carreras de fondo. En sus entrenamientos como profesional practicaba esos cambios de ritmo, hasta 273 al día.

Sea como fuere Virén impuso dramatismo y coraje en una carrera épica que ha pasado a la historia del olimpismo por su final meritorio e inesperado.

Foto de Rich Clarckson
Foto de Rich Clarckson

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