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SALTOS DE ESQUÍ: LA LUCHA POR SER OLÍMPICAS‏

Ellas merecían ser olímpicas porque pocos deportistas han luchado tanto para serlo. Aparte de entrenar y competir, las saltadoras de esquí han tenido que acudir a los tribunales para lograr la igualdad olímpica…o casi, porque la competición de saltos de esquí femenino debutó en Sochi sólo en 2014, pero lo hizo únicamente en una modalidad, frente a las tres en que lo hacen los hombres.

Aunque la práctica de los saltos realizados por mujeres se remonta a hace ¡más de 150 años! (constan datos en los archivos de la FIS de saltos de Ingrid Vestby y Ragna Pettersen de 1862 y en plena competición desde 1911, de Paula von Lamberg en Kitzbuhel). Incluso la famosa documentalista alemana Leni Riefenstahl practicó este deporte.

Con el paso del tiempo las saltadoras empezaron a hacer público su interés en participar en competiciones oficiales. Lucharon contra excusas sin fundamento, como que eran pocas las practicantes (cuando se incorporaron al calendario olímpico las modalidades femeninas de ski-cross había 30 mujeres de 11 países y 26 de 13 en el bobsleigh, mientras que los saltos ya contaban con 83 participantes) y, lo peor de todo, lucharon contra prejuicios absurdos. La razón que se alegó para su no inclusión fue que…¡ponía impedimentos para la concepción de niños porque los saltos dañaban el útero! Eso se dijo en pleno siglo XXI. Y, en 2.014, ante la definitiva inclusión de las saltadoras en Sochi 2014, el seleccionador ruso ha comentado: “Para las mujeres es un deporte demasiado peligroso, no permitiría que mis hijas lo practicasen. Ellas tienen otras tareas, como llevar la casa y criar a los hijos”. En fin…

Foto de USA Today

Pese a que desde 1981 toda nueva disciplina que se introduzca en el calendario olímpico ha de hacerlo obligatoriamente en su categoría masculina y femenina se hizo caso omiso en el caso del salto de esquí. En 2009 las deportistas hicieron fuerza para que se incluyera en los Juegos de Vancouver que se disputarían al año siguiente, llegando hasta el Tribunal Supremo de Canadá, pero fue en vano porque sólo el COI tiene potestad para cambiar el programa olímpico. Eso pese a que el propio Gobierno Federal de Canadá y el Comité Olímpico canadiense se pusieron de su parte e interpusieron un recurso para lograr que se convirtiera en olímpico.

Entonces las chicas optaron por hacerse fuertes en campeonatos internacionales. Ellas, que al tener un cuerpo liviano se sustentan mejor en el aire y llegan a saltar incluso más lejos que los hombres (pueden saltar incluso 140 metros), empezaron a competir en la Universiada de Invierno de Seefeld de 2005, en el Mundial Junior ese mismo año, el Mundial de Liberec 2009, etc.

Tras haber intentado que el salto femenino fuera olímpico en Nagano 96, Salt Lake City 2002, Turín 2006 y, sobre todo, Vancouver 2010, las mujeres se iban acercando más a su objetivo. El “salto gigantesco” quizás definitivo fue protagonizado por los habitantes de Oslo, que votaron para que fuera una mujer, Anette Sagen, la que inaugurara el remodelado y mítico trampolín de Holmenkollen, auténtico monumento nacional.

El hecho de que en 2010 participaran 43 saltadoras de 15 nacionalidades distintas en los Mundiales de Oslo fue el impulso final para hacer cambiar al COI de opinión.

Muchos esperaban que en Sochi se convirtiera en primera campeona olímpica la austriaca Daniela Iraschko-Stolz por el morbo de ser lesbiana y poder ser condecorada por un homófobo alcalde ruso. El alcalde tuvo que ponerle una medalla, sí, pero la que tuvo el honor de convertirse en primera campeona histórica fue la alemana Carina Vogt, quien convirtió en realidad el sueño de muchas predecesoras suyas que lucharon para que mujeres como Carina pudieran vivir la gloria olímpica.rtve

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