EDWIN MOSES: «EN MONTREAL 76 TENÍA LA SEGURIDAD ABSOLUTA DE QUE IBA A GANAR»
No hace falta presentar a una leyenda del atletismo como es Edwin Moses, el “rey” de los 400 metros vallas. No en vano entre 1977 y 1987 ganó en las 107 finales consecutivas que disputó y batió el récord mundial de esta especialidad hasta en cuatro ocasiones. Su palmarés olímpico incluye tres medallas, siempre en esa prueba. Debutó en unos Juegos tuvo lugar en los de Montreal 76, donde se llevó el oro, algo que, como nos contó, no constituyó para nada una sorpresa para él: “Sabía que iba a romper el récord del mundo si no cometía errores. Fueron mis primeros Juegos. Antes de ellos sólo había corrido en unas 15 o 16 carreras, pero ya contaba con cierta experiencia, me encontraba en buena forma y tuve buenas elecciones, por lo que tenía la absoluta seguridad de que iba a ganar. Es difícil convencer a cualquiera de mi convicción, pero yo sabía de lo que era capaz”. Hay un dato incluso más sorprendente: antes de marzo de 1976 únicamente había disputado una carrera de 400 metros vallas, pero cuando corrió en su primeros Juegos Olímpicos lo hizo incluso batiendo el récord mundial.

Su carrera olímpica sufrió un frenazo en la siguiente cita de 1980 debido al boicot de su país hacia los Juegos de Moscú, lo que supuso para el atleta de Ohio algo que le “fastidió como a cualquier otro, pero no podía hacer nada al respecto”. Pero la carrera atlética de Moses era imparable, convirtiéndose en el primer campeón mundial de la historia de los 400 m vallas en Helsinki en 1983 -título que defendería cuatro años más tarde en Roma- junto a muchos otros triunfos en las más importantes competiciones. Hasta que llegaron los Juegos en casa, en Los Ángeles, donde vivió el peor y el mejor momento de su carrera como deportista. El mejor fue volver a ganar el oro, naturalmente: “Fue fantástico competir en Los Ángeles 84. Mi mejor momento en unos Juegos Olímpicos fue en esa cita, ganando por segunda vez después de ocho años”. Pero, a la vez, se vio obligado a realizar algo que definitivamente no le gustó: pronunciar el juramento olímpico: “Pronuncié el juramento sin esperarlo y ni siquiera desearlo; me pidieron que lo hiciera y lo hice para honrar a los Juegos Olímpicos. Era el último sitio en el que quería estar. Yo quería concentrarme en mi carrera y esto me lo dijeron como una semana antes de mi competición; hice un par de ensayos, lo memoricé. No quería hacerlo pero era el capitán del equipo y me eligieron para hacerlo”. Su medallero olímpico se completó con un bronce en la cita de Seúl 88.

De él se ha contado todo, especialmente la clave de su éxito, que incluso ha reflejado en una película documental que lleva por título precisamente la clave: “13 pasos”. Ese es el número de zancadas que daba entre cada valla, todo un logro incluso para los mayores expertos. Para conseguir dar ese número específico de pasos requirió no solo de práctica, sino de todo un estudio preliminar. Puede que todo empezara antes mismo de darse cuenta, cuando en sus inicios su compañero de piso, bailarín profesional, le enseñó a realizar largos saltos en el aire: “Teníamos muchas similitudes en cuanto a pliometría, realizábamos ejercicios pliométricos [=entrenamiento de alta intensidad que utiliza movimientos explosivos y rápidos para mejorar la potencia, velocidad y fuerza reactiva]. Cuando él saltaba yo hacía lo mismo. Su técnica de salto me ayudó a mí”. Pero no fue sólo eso lo que hizo evolucionar y perfeccionar su técnica: “El haber estudiado yo Físicas también ayudó en mejorar mi técnica. La clave de mi éxito es los trece pasos que daba entre las vallas. Cuando yo estudiaba mi técnica aún no había ordenadores, así que mi técnica es anterior a la biomecánica. Sabíamos la matemática que había que aplicar para mejorar la técnica, hacíamos todas las ecuaciones, los cálculos antes de tener la capacidad de capturas en vídeo. Estábamos adelantados a nuestro tiempo. Tenía por entonces 18, 19 o 20 años pero era muy serio con esto”.
Edwin Moses, que llegó a competir, sin saberlo, durante dos años con una rotura de disco, no tiene problema en hacer esta afirmación: “Cuando me iba mal quedaba en el tercer puesto. Era bueno corriendo”. Y es que lo era, en efecto. Capacidad natural, estudio técnico aplicado a sus habilidades y, por descontado, mucho entrenamiento, hizo de él el campeón que fue. Cuando parecía que lo había dado todo en el deporte a nivel de competición se cambió a otra modalidad, aparentemente alejada: el bobsleigh, deporte con el que incluso llegó a subirse a un podio de la Copa del Mundo. Nos cuenta cómo es que entró a formar parte de este deporte de invierno: “Probé el bobsleigh con un equipo de primera clase que era el séptimo del mundo. Me pidieron que entrara en el equipo. En ese momento necesitaban ayuda porque tenían a empujadores muy malos”.
Aunque posiblemente más valiosa ha sido su contribución, ya retirado, en la lucha contra el dopaje. Durante años ha contribuido al desarrollo de políticas antidopaje, aportando sus conocimientos también como físico. Todo ese trabajado ha sumado en los avances para intentar erradicar esta lacra del deporte, como nos cuenta: “La evolución de los controles antidopaje está yendo muy bien. Mucha gente cree que no porque se ven muchos casos positivos pero eso justamente es el signo de que las cosas en la lucha contra el dopaje van bien, porque cada vez hay más pruebas antidopaje y es más difícil escaparse. Cuando yo empecé en el atletismo podías poner un galón de esteroides en una piscina y detectarlos, mientras que ahora con que pongas una gota lo detectas”.
