Camino a Tokio

KIMBERLY WOODS: DE LA DEPRESIÓN A ASPIRANTE A MEDALLA OLÍMPICA

Nacida en 1995, Kimberley Woods ha conseguido una plaza para los Juegos de Tokio 2020. Esta piragüista británica que domina las modalidades tanto de C1 como de K1 consiguió su mayor éxito internacional a nivel individual la temporada de 2015, cuando ganó el título europeo de C1, en la modalidad de aguas bravas, logro que repetiría dos años más tarde. Kimberley, que se aficionó a su deporte al ver un vídeo de su tía Diane Woods ganando la plata en el Mundial junior de 1994, se propuso no solo emular a su familiar, sino superarla. Así que en cuanto aprendió a nadar y , acompañada de sus abuelos, se subió a una barca ya no quiso bajarse. Siguió practicando hasta hacerse con su primera victoria. Se le quedó pequeña. Kimberley quería más. Fue el comienzo de su prometedora carrera que, tras las luces que presenta, esconde sombras en su vida personal.

Lo curioso es que la timidez que le caracterizó siempre y que llegó a impedirle verbalizar su difícil situación -incluso a sus más allegados- ha dado un giro de 180 grados hasta hacer pública su condición ante el público mundial. La prensa de su país se ha hecho eco de ello porque, de acuerdo a la filosofía actual de esta palista, lo mejor en casos como el suyo es contar su situación a los demás. De haberlo hecho antes, posiblemente se habría ahorrado gran parte de los malos momentos pasados. Estamos hablando de salud mental, algo que, al esconderse, se agrava.

Kimberley sufrió bullying de niña. Practicaba numerosos deportes (rugby, fútbol, baloncesto, cricket y netball), lo que “agravó”, en cierta manera, su situación. Sus compañeros de colegio la tachaban de “chicazo”, debido a los músculos que desarrolló practicando tanto deporte. Muchos días, Kimberley volvía a casa de la escuela llorando. En casa existía la premisa de que “los Woods somos fuertes” y de que ella debía serlo aún más ante sus tres hermanos pequeños. De repente, Kimberley descubre el piragüismo en aguas bravas y decide canalizar en él su “enfado y adrenalina”, según sus propias palabras. Cuando estaba en una piragua se sentía bien; fuera de ella no. Entonces llegó una lesión que le hizo descender al punto más bajo de su vida, pues la frustración por no poder entrenar hizo que cayera en depresión y se provocara daños en sus brazos. Se tapaba las cicatrices con mangas largas, algo muy típico de los que se auto infligen heridas. La futura campeona aún no había dicho a nadie cómo se encontraba, hasta que intervino su entrenador, Craig Morris. Su ayuda y la de la clínica Priory, donde se sometió a terapia, han sido fundamentales para salir del pozo donde se encontraba. No se trataba ya de su carrera deportiva, sino de su vida personal. También le ofreció ayuda la federación británica de piragüismo. Desde comienzos de 2016 hasta el verano de 2018 Kimberly Woods recibió terapia y le ha servido incluso en los peores momentos de incertidumbre previos al aplazamiento de los Juegos de Tokio o durante el confinamiento. Ha aprendido a ocupar su mente, a fortalecerse, a abrirse y a ser honesta consigo mismo. Ya no le pesa el tabú de hablar sobre su salud mental; al contrario, piensa que es erróneo ocultar a los otros los problemas de este tipo. Se ha convertido en una persona cercana, agradable e incluso parlanchina. Seguro que estos cambios le favorecerán en sus resultados deportivos y, quién sabe, si la ponen un paso más cerca de la medalla olímpica.

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