Heroínas olímpicas

MICHELA MOIOLI: LA DOMINADORA DEL SNOWBOARD CROSS A LA QUE PYEONGCHANG 2018 HIZO JUSTICIA

Michela Moioli no es una campeona olímpica al uso. Y no lo decimos solo porque toque el ukelele en las horas muertas de las concentraciones. Se considera una chica de lo más normal, aunque tenga como mejor amiga a otra campeona olímpica –de otra especialidad-. Mientras Moioli ganó en Pyeongchang el oro en la modalidad de boardercross de snowboard, Sofia Goggia (con quien comparte preparador físico, Matteo Artina, y muchas interacciones en sus redes sociales), la citada mejor amiga, consiguió el oro en la prueba de esquí alpino de descenso. La propia Michela se inició en el esquí alpino antes que en el snowboard, pero su madre Fiorella le aconsejó pasarse a la modalidad más moderna de la nieve “porque seguramente tendría más posibilidades de despuntar”. La madre Fiorella vio esto cuando Michela contaba solo 7 años. Hizo bien Michela seguir el consejo materno, visto el resultado. Esta modalidad acabó fascinando a Michela, que dice sentirse a gusto con las curvas, los saltos, las elevaciones, las persecuciones desde detrás, en fin, que caracterizan a la modalidad del snowboard cross.

Aunque Moioli consiguió el anhelado oro en Pyeongchang 2018 ya debería haberlo hecho en la edición olímpica anterior. Por entonces la italiana ya era la favorita, pero una –siempre inoportuna- caída en la final la hizo acabar en cuarto puesto y, lo que es peor, gravemente lesionada con el ligamento cruzado roto. Su rodilla izquierda quedó destrozada y tuvo que ser literalmente reconstruida. Michela no solo tuvo que recuperarse a nivel físico, sino también a nivel mental. Lo logró y, antes del oro olímpico –y después de él- ganó pruebas importantísimas, como medallas en el Mundial y dos trofeos globales de Copa del Mundo. Siendo una habitual de los podios, sin embargo Michela no las tenía todas consigo en la final de Pyeongchang. Partió tras una leyenda del snowboard, Lindsey Jacobellis. La transalpina esperó el momento justo hasta superarla en una curva, colocándose de esta manera líder y cruzando la meta con una gran ventaja sobre la siguiente. La tensión acumulada le provocó un largo llanto ya subida en lo más alto del podio. Y es que Michela iba tensionada a la final. Había visto la carrera masculina y le entró miedo. La noche previa a la final había llorado, pero bajo la ducha se dio a sí misma un discurso automotivacional.

Foto de Issei Kato/Reuters

Todo este sueño convertido en realidad podría no haber sucedido sencillamente por un trámite burocrático. Michela estuvo a punto de no haber podido viajar hasta la ciudad sede de los Juegos y no debido a ninguna lesión o por no clasificación por méritos deportivos. Pocos días antes de viajar hasta Corea del Sur su perro se comió su pasaporte. Así como suena. Desesperada, finalmente consiguió hacerse uno nuevo por la vía de urgencia (posiblemente beneficiada por el hecho de que Italia no podía dejar escapar una posibilidad de medalla olímpica). Sea como fuere, hubiera sido muy injusto perderse la ocasión de su vida por semejante causa.

Ese momento de mala suerte, sin embargo, fue compensado por un augurio que Michela tuvo meses antes de los Juegos. Un buen día, mientras cavaba en el jardín para plantar flores (afición heredada de su padre) la rider encontró un anillo tricolor justamente con los colores de la bandera italiana. Lo vio como una señal de buena suerte y se lo llevó hasta Pyeongchang como talismán. No creemos que ganara por esta circunstancia, sino por el mucho trabajo que caracteriza a la bergamasca, además de su indudable talento. Sea como fuere, tras el traspiés de Sochi Michela Moioli por fin pudo proclamarse campeona olímpica en 2018.

Foto de Reuters

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